miércoles, 11 de septiembre de 2013

En la dimensión desconocida

Ayer viví una experiencia casi sobrenatural, un desafío a la vida moderna, a la rutina tal cual como la conozco. 
Por razones de turismo filial, tuve que tramitar una VISA en una embajada en la que la seguridad es un valor muy preciado. A tal punto que no permiten que quienes allí asisten a realizar sus trámites lleven artefactos electrónicos de ningún tipo. Por ejemplo, teléfonos celulares. 
Como no tengo auto donde viajar y de paso dejar todas mis vituallas, debí tomar el colectivo. Así pasé cinco horas sin celular. Y no me refiero a cinco horas sin señal, sino a trescientos minutos sin siquiera saber qué hora era. Porque desde que tengo reloj en el teléfono no uso más reloj de pulsera. O sea, estaba en el limbo.
Apenas salí de casa con mi escueta bolsita con los documentos y papeles para el trámite, me sentí desnuda. Una obscena inseguridad de la que según parece, aunque recién lo noté ahora, me protege el aparatejo en cuestión. 
Subí al colectivo sin poder escuchar música. Por suerte, conseguí asiento pronto y me dediqué a viajar en mis pensamientos distrayéndome con el más que conocido paisaje de la avenida Juan B. Justo.
Pero claro, al navegar por esos pensamientos, se me ocurrían ideas, comentarios acerca de lo que estaba pasando. Y de repente caí en la cuenta de que me faltaba mi gran interlocutor en las soledades: no los podía tuitear.
Tampoco podía sacarle fotos a esa señora de cincuenta años que exhibía sus canas para enviársela a mi amigo, aquel que comentó algo al respecto hace unos días. 
Tampoco podía leer mis mails, ni los chats.
En la fila de espera no me quedó otra que hablar con otros que estaban en la misma situación que yo. Si no teníamos nada que hacer... 


Mi única osadía, mi única afrenta a la paranoia de los agentes de la embajada, había sido llevarme un cuento de Cortázar impreso en tres hojitas de computadora. Si me lo requisaban, no pasaba nada, no era como un libro. Estuve bien. Ese pequeño texto me acompañó un rato. Hasta que no quedó otra que volver a la charla menor con los otros esperantes.
De casualidad me encontré con una compañera de gimnasio. ¡Qué impotencia no poder mandarle un mensaje de texto instantáneamente a mi profesor para contarle! Me prometí contárselo al llegar a casa, pero claro, lo olvidé. 
Y es que el valor de ciertas comunicaciones es su instantaneidad. Pasado el momento justo se termina su sentido.
Cuando salí del custodiadísimo edificio, con la aprobación para el viaje bajo el brazo, tampoco pude llamar a la familia para darles la buena nueva. 
Qué incapaz me sentía, qué aislada. A pesar del hermoso día, y más que hermoso lugar donde me encontraba, me sentía sola. Sola de una soledad inmensa, de esa que se siente aunque estés rodeada de gente.
Me faltaban los interactores, todas esas personas que están, por múltiples vías, del otro lado de ese aparatito que para mi mamá parece salido del infierno, pero que es mi comunicación con todos.
Finalmente, después de otra travesía silenciosa en ómnibus, llegué a casa. Me reencontré con él: tenía mensajes de chat, de texto, de WhatsApp, mails, llamadas perdidas...
Qué alivio saber que todo seguía normal, y que el mundo y su gente seguían allí, encima de la mesa, en mi celular.

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