Comer
Tu vuelo sale a las 14 horas. Por esas cuestiones de requerimientos de los aeropuertos, llegaste al lugar a las 11, media mañana. Por supuesto, no almorzaste. Es probable que, entre las corridas de armar el equipaje a último momento (¿hay alguien que no lo haga a último momento?), los nervios de los documentos, las llamadas al resto de la familia para controlar que todo marche en orden y otros menesteres varios, tampoco hayas desayunado.
Subís al avión. Felicidad: comienza el viaje.
A la hora y media de vuelo te traen la comida. Almuerzo tardío, pensás. Pero no, resulta ser la cena.
El jet lag comienza en el estómago.
El espacio es reducido, viajás en clase turista y no te importa, lo que vale es estar ahí, y vos tenés un par de TOCs importantes.
Así que maniobrás los cubiertos plásticos con la habilidad de un cirujano y acomodás los alimentos y bandejitas con la expertise de un campeón de Tetris. No hay margen de error.
Si viajás con niños propios, es seguro que debas organizar además la bandeja del menor en cuestión. Y recibir todo lo que no le gusta. Que, a pesar de haber encargado con tiempo en la página web de la aerolínea el menú infantil, es mucho.
Los gustos no son sólo cuestión de edad, sino de culturas.
El tuyo es "light" en algún otro planeta con gravedad cero, porque lo único que te cambiaron es el postre por una fruta en trocitos y la manteca por queso crema. Pero en fin, no es un restaurant, se come lo que se puede y lo que no, vuelve al carrito del catering.
Dormir
En un vuelo transatlántico de doce horas, el tema del sueño es uno de los ítems preocupantes. En especial, insisto, en clase turista, donde no tenés esa posibilidad tan atractiva de las publicidades que son los asientos que se hacen cama. Acá si lo reclinás un poco, considerate afortunado. Y sino, mirá a los que están en la última fila. No se pueden reclinar, no. Acordate bien para la próxima.
Al principio te molestan las zapatillas que elegiste para viajar por ser el calzado más cómodo. Así que aceptás la oferta de la azafata y te hacés de un par de "pantuflas" que no son más que un par de medias grises, buen color para pasearse con ellas por el interior del avión.
Y acá sí viajar con un menor es una ventaja: no ocupa su asiento completo. Entonces levantás el brazo que los separa y esparcís un poco de tu humanidad (menos mal que adelgazaste) en su lado.
Hasta acá la parte de acomodarse. Falta la parte, la más ardua: conciliar el sueño.
Si sos una insomne en tierra, con mucha más razón lo serás en el aire. Además si tu estómago apenas termina de asumir que lo que para él era un almuerzo fue una cena, imaginate explicarle a tu cerebro que lo que es la tarde en realidad es la noche y que encima te estás moviendo aceleradamente hacia el día siguiente.
Música. Algo para leer. Una película. Nada funciona.
Hasta que, no sabés si de cansancio o aburrimiento, te dormís. Pero no pasa mucho tiempo cuando sentís que las luces se encienden todas a la vez y el bullicio crece. Amanecer virtual, afuera sigue oscuro. Hora del desayuno.
Ir al baño
Nunca esperes a tener ganas. No hay manera de calcular cuánta gente puede estar adelante tuyo en la fila para el baño.
Así que tomá como costumbre ir cuando se te ocurra. Cuando quieras aprovechar para estirar las piernas y evitar de paso una trombosis, o cuando el menor que te acompaña te lo pida. No desperdicies ocasión.
Finalmente lo lográs, pasaron las quince personas que tenías delante y llega tu momento.
En cuanto ingresás al cubículo te preguntás cómo es que es tan común la fantasía erótica de tener relaciones en el baño de un avión.
Si el espacio para comer y dormir era reducido, el cubículo del toilette está diseñado para contorsionistas.
Te movés con cuidado y con el miedo de que algo se te caiga en el inodoro, que parece conectado directamente al vacío. Se te llegan a caer los lentes y van a parar directo al sistema digestivo de algún delfín allá abajo en el Atlántico.
Leés todas las etiquetas, porque todo está destinado a algo específico. No podés tirar el papel en cualquier lugar. Y además tenés el recipiente donde te ofrecen toallas femeninas.
Lo abrís con curiosidad (el que está afuera, que espere), para encontrarte con asco con que no todo el mundo presta la misma atención que vos a las etiquetas, o no las entienden al menos, y usaron el cajoncito como tacho de basura.
En fin.
Liquidás el trámite con celeridad y perdés todo el tiempo que ganaste en tratar de destrabar la puerta que se flexiona al medio para optimizar el uso del, ya exiguo, espacio.
Volvés a tu asiento, a molestar al señor que está dormido en su asiento del pasillo para que te deje pasar, cosa que hace entre refunfuños adormilados que serán ignorados por vos con simpatía y cara inocente de "y qué querés que haga".
Entretenerse
Al principio parece todo maravilloso. El mundo y el diseño han cambiado, y ya no hay una única película que todos deben ver en una pantalla que les queda mejor o peor según sea la ubicación del asiento que les ha tocado. Ahora cada pasajero tiene su propia y egoísta pantalla en el respaldo del asiento de adelante.
Interesante.
Buscás el menú de opciones y hay montones de películas. Aunque como la aerolínea es angloparlante la mayoría de las propuestas están sin subtitular, mucho menos dobladas. No importa, sos canchera en el uso del idioma y podés sortear el obstáculo.
Pero el menor que te acompaña, aún no.
Así que se aburre porque no encuentra algo para ver y por ende no te deja ver nada a vos tampoco. Espíritu solidario se requiere.
Eventualmente se duerme y volvés a buscar algo para ver. Una película que tenías catalogada como interesante. Bien. Comienza.
Pero qué bajito se oye! No hay caso, la dejás a los cinco minutos y te pasás a algún canal de música, hay varios géneros y estilos para elegir. Y se oyen bien.
Menos conflictivo, por suerte.
Leer es tu vicio habitual, así como escribir en el cuaderno que te llevás especialmente para estas crónicas. Pero estás cansada y tu menor te pregunta todo el tiempo qué escribís, así que se sostiene poco tiempo.
Volvés al canal de audio. Nuevo disco de David Ghetta. Qué bueno.
Bajar
El avión llega a destino. Lo ves en el controlador de recorrido que también se te ofrece en la pequeña pantalla del asiento.
Parece que ya está todo listo, pero tarda horrores en aterrizar.
El piloto saluda a todos con humor inglés y solicita, sugiere, exige, que nadie se levante hasta que se apague el cartel de "ajustar cinturones".
Pero nadie hace caso. No al menos en un vuelo con argentinos a bordo. Así termina por armarse una fila larguísima de gente impaciente por bajar del avión, comprensible después de un vuelo de doce horas, claro, pero improductiva al máximo.
Los dejás pasar a todos. Nadie te corre. Agarrás tranquila tu equipaje de mano y caminás tranquila hacia la puerta.
Estás donde querías estar.
Arribos
Finalmente pisaste tierra, pasaste migraciones y tenés una nueva travesía en puerta. Disfrutás como parte de todo los olores típicos de estos no lugares que son los aeropuertos y todas las peripecias del vuelo se te olvidan como los dolores del parto a la madre que ve a su hijo por primera vez.
Ya habrá tiempo de recordarlas para el vuelo de regreso. Ese que te lleve de vuelta a casa.




No hay comentarios.:
Publicar un comentario