Todos los días, excepto aquellos en los que el clima y los tiempos permiten la caminata, voy a mi trabajo en colectivo. Son diez minutos de viaje en una línea de las que yo denomino "conurbanas" porque no pasan la General Paz hacia el lado de Capital.
El trayecto de esta línea es bastante acotado, de Morón a Liniers apenas, y recorre calles de barrio y por breves sectores alguna avenida, también de barrio.
Tiene una frecuencia de veinte minutos entre coche y coche y eso resulta en que, si sos pasajero habitual y por cuestiones laborales lo tenés que tomar siempre a la misma hora, te toca el mismo chofer y hasta los mismos pasajeros, aunque esto último es lo más variable.
Así, cuando comenzás a usar la línea y a ver la cara del mismo señor todos los días, a pesar de no ser persona de campo, empezás a saludarlo.
El tipo te ve cada mañana, no podés no saludar, por muy hosco que seas. La amabilidad, por otra parte, es recompensada. No sólo el hombre te saluda de vuelta y marca tu tarifa sin que tengas que decirle a dónde vas. También te otorga el beneficio de que, si un día te atrasaste un poquito y te ve venir corriendo, te espera.
Estas cuestiones de servicio personalizado en el transporte público no suelen suceder en las líneas "grandes" de colectivos. Esas que sacan un coche cada cinco minutos, y cuyos recorridos son tan extensos que los choferes se entremezclan en la grilla como mapa de vuelos internacionales.
Nunca te toca el mismo chofer, y si te tocara viaja tanta gente que es imposible que recuerde cuál es tu recorrido habitual.
Nadie se saluda, nadie se mira. Sólo a veces coinciden un par de madres que llevan a sus hijos al mismo colegio y se conocen de la puerta de la escuela o del grado, pero se mantiene el punto de que el viaje es corto. Y tampoco sucede todos los días.
Hace muchos años viajé a París. Mi hermana, arquitecta hoy, estudiante en ese entonces, me pidió que le sacara fotos a una casa de diseño que quedaba en las afueras de la ciudad, hecha por un famoso colega de ella, de esos muy premiados que se endiosan en la época estudiantil.
Cabe aclarar que mi hermana sólo me dio el nombre de la casa y el barrio, Saint Cloud. Ni calle, ni ninguna otra indicación. Y no había Internet donde buscarlas.
Pero bueno, como una es solidaria y además infernalmente curiosa, logré reunir los datos necesarios para llegar a la Villa Dall'ava, de Rem Koolhaas.
Llegué en el subte hasta la Puerta que correspondía. Aclaro que las puertas son como las salidas de la ciudad. Una vez que las cruzaste estás en el conurbano parisino.
Allí me dirigí a una oficina en la que me indicaron la dirección exacta y cómo ir hasta allí. Tenía que tomar un colectivo.
El colectivo en cuestión resultó ser una especie de combi en la que la única desconocida era yo. Los demás pasajeros se saludaban a medida que subían, charlaban de sus cosas, y también sabían en qué parada se bajaba cada uno de los otros.
Mi primera reacción fue la sorpresa: estábamos a muy poca distancia de una enorme urbe y sin embargo ahí parecía el pueblito de Heidi.
El ambiente era tan distinto al de la gran ciudad.
Y entonces pensé, como pienso cada día cuando yo u otro pasajero saludamos al chofer con un buen día, o hasta hacemos algún comentario más extenso, en cuánto más personas parecemos con cada interacción.
Las ciudades son maravillosas, no creo ser otra cosa que una urbanita aunque me guste despejarme de tanto en tanto. Pero nos perdemos en ellas.
Y a veces está bueno, es lo que buscamos, el reparo del anonimato.
Pero en otras ocasiones nos gusta que nos sonrían de vuelta, que nos saluden, que sepan, aunque sea por un pequeño rato, que somos personas y no entes deambulando por el mundo.




Me ha pasado con el 1. A veces hasta han pasado casi en la puerta de casa, a 30 metros de la parada. Los beenficios de vivir en un semi-pueblo :)
ResponderBorrar