viernes, 26 de febrero de 2016

Meses: Marzo

Es oficial: arrancó el año. 

Sí, lo sé, técnicamente empezó el primero de enero. Pero yo digo que ahora "arrancó".
Y es que los horarios se ajustan a partir de este mes, el del comienzo de las actividades escolares. Para todos. Incluso para los que no tienen hijos o los tienen pero superaron esta etapa (y no llegaron todavía a la de abuelos, ese reencuentro con la escolaridad y sus encantos).
Digo para todos porque cambia de forma radical la dinámica del mundo: a partir de marzo hay que tener en cuenta los horarios de entrada y salida de los niños a clase, aunque no haya que ir a llevar ni buscar a ninguno.
Si hasta ahora tomabas el colectivo casi vacío a las siete y media, bueno, tené en cuenta que te vas a encontrar malones de niños y adolescentes semi-despiertos a partir de este mes. Así que deberás reorganizarte: o madrugás para tomar uno más temprano, o te jugás a llegar tarde al trabajo el resto del año. Todo sea por esquivar a los estudiantes.
Y si vas en auto, a prestar atención a las aglomeraciones en las puertas de colegios y sus alrededores.
No se salva nadie.
Lo mismo al mediodía, en las salidas de turno mañana.
Carradas de infantes en guardapolvo o uniforme invaden calles y transporte. 
Como dije, arrancó el año.




Para los que sí son padres o niñeros a cargo, comenzó la corrida de los horarios. 
Despertador, desayuno a medio comer (¿a quién se le ocurrió que se puede desayunar bien teniendo que estar a las 7.30 en el colegio?), partida hacia el establecimiento. 
Hora de salida, que el chico no espere mucho en la puerta porque la maestra te manda una notificación y te hace la psicológica diciendo que tu chico se trauma de por vida por esperar cinco minutos (cuando vos lo esperaste nueve meses, y eso si no es adoptado o de probeta...).
Almuerzo. Despliegue de actividades varias según el día: deportes, idiomas, psicólogo, canto, catequismo (si sos esa contradicción que mandó al pibe a colegio laico pero querés que tome la comunión, en fin). 
Al final no sabés si tuviste un hijo o un pichón de empresario: necesitás no sólo niñera sino una secretaria y un chofer para seguirle el ritmo. 
Nochechita. Agotamiento familiar completo. Baño. Cena y alguna tarea que tu hijo, o en su defecto el grupo de Whatsapp de madres, te recordará cuando te queden menos de siete horas de sueño disponibles.

Marzo. Lindo mes.
Soleado, comienzo del otoño (ya que lo digo, vayan levantando hojas amarillas caídas de los árboles, tarde o temprano se las van a pedir en el colegio).
Continúo: comienzo del otoño, pero no del frío, no se dejen engañar por el calendario. Acá tenemos calor hasta entrado abril en general, sobre todo ahora que, según los expertos, ya tenemos clima tropical. 
Somos más caros que Brasil, pero en el clima espantoso nos estamos pareciendo (gracias por la deforestación, país vecino, de paso).



Este año también nos toca Semana Santa en marzo. 
A romper los huevos con toda libertad, gusto y diversión. También vale la rosca con los huevos duros incrustados.
Cuando yo era chica, mi bisabuelo, no sé si por costumbre o para diferenciarse del resto, en lugar de huevo de chocolate nos regalaba una rosca a cada una de sus nietas (sí, todas mujeres, pobre abuelo). Tenían "premio". El tema era que estaba metido en la masa (hay cada idea en la tradición católico-española que una no sabe a quién culpar). En general era alguna tontera de plástico envuelta en papel manteca o de aluminio a la que había que limpiarle toda la masa de alrededor antes de poder descubrirla.
Lo pienso hoy y casi que me da asco semejante manipulación del alimento, pero de chica era divertido ver a quién le tocaba la porción premiada (que saltaba en cuanto el diente se clavaba en algo duro, así que la sorpresa, la alegría, siempre venía acompañada de un "ay!" de dolor bucal).




En cuanto a la tradición de los huevos, permítanme otro comentario nostálgico.
Extraño cuando los huevos tenían ese trabajo artesanal de la decoración el glasé. La decoración de azúcar. 



Hoy son una porquería lisa de chocolate hidrogenado envuelta en un enorme papel con el dibujo del personaje en cuestión. Porque a todos se les da por festejar la Pascua: desde Toy Story a Barbie, todos tienen su huevo.
Y para los grandes están las marcas de golosinas en sí, que también sacan su producto "institucional". Eso sí, siempre liso, siempre envuelto en colores llamativos y logos reconocibles.
El interior, bueno, la desilusión de siempre. En el mejor de los casos te toca algún confite rico o un juguetito de plástico mínimo, de esos que se ponen en las piñatas y que terminan en la basura a la primera distracción del niño en cuestión.
Y encima copan todas las góndolas del supermercado con sus precios de nivel estratosférico.





Marzo. 
Hojas crujientes en las veredas, para deleite de viejas madrugadoras y encargados de edificios.
Guardapolvos blancos, ternura y encanto. 
Vuelta al colegio, esperanza de vuelta del fresco. 

Es oficial: arrancó el año.




viernes, 5 de febrero de 2016

Meses: Febrero

Febrero es el mes del fin del verano.
Sí, sé que, técnicamente, el verano termina el 20 de marzo. Pero en febrero se terminan las vacaciones de los más chicos, la mayoría de los grandes en edad laboral también se ha tomado sus días libres y es por eso que si bien no hablamos del final de la estación calendario, sí podemos hablar del fin de esa sensación, ese espíritu de diversión, distensión y hasta casi diría felicidad que implica el verano. 



Es el momento en el que las playas quedan semi vacías hasta nuevo aviso. El mes de las corridas y las largas filas en las casa de ropa y artículos escolares, en las librerías de textos. Uniformes, guardapolvos, lápices, hojas, carpetas, a tildar la lista que mandó la seño por Whatsapp que se acaba el tiempo.
Es el mes en el que a los padres no les queda un centavo para gustos personales ya que todo el dinero se va en equipar al infante para que desarrolle ese potencial de genio que todo progenitor ve, con o sin fundamentos realistas que lo sostengan, en su retoño.



Pero antes que todo eso, febrero es el mes de los carnavales.
Corsos, murgas, juegos con agua, disfraces y un feriado extra largo que volvió al calendario nacional tras muchos años de considerarse un abuso de días no laborables. Los "cuatro días locos", para salir a la calle a bailar con los vecinos, los conocidos y los nunca antes vistos, o para viajar hacia algún destino carnavalesco. Gualeguaychú, Río de Janeiro, el noroeste argentino, Venecia o Colonia (Alemania, Köln en el original), todos ellos rincones donde se puede uno plegar a celebraciones típicas y redituables a nivel turístico, para el anfitrión, claro.



Mientras tanto, en el barrio, los chicos jugarán con pistolas de agua, mangueras, o los tradicionales baldazos que ninguna lección sobre el valor del agua potable ha podido desterrar del panorama veraniego. Y para quienes tienen padres permisivos y con algún peso de más en el bolsillo, las bombitas de agua.
¿Qué mejor y más sana costumbre que empapar a bombazos a alguna señora que pasa cambiada para ir a trabajar? Ah, si será lindo el barrio a veces...



Por una cuestión de apertura de importaciones culturales, de unos años a esta parte febrero se convirtió también en el "mes de los enamorados". Se ve que tomamos tanta Coca Cola que además de vestir a Papá Noel de rojo y cuidar que esté bien abrigado en pleno diciembre, nos trajimos al otro santo, cuyo nombre recuerda a un galán del cine mudo, y que moviliza la industria de los bombones y las cajas con forma de corazón.

Y es así como el 14 de febrero festejamos a un tal San Valentín. Uso la palabra "festejamos" como un eufemismo. Todavía no decido si ser "pro" o "anti" esta festividad. Porque sí, así como leen, sobre todo en las redes sociales, hay gente que ha decidido unirse en grupos de boicot a esta celebración del amor tortolar. No creo que sean todos solteros. Sí, escépticos.
Lo cierto es que el amor no es mejor ni más real porque haya ramos de flores o un peluche de por medio en un día determinado por la cámara de comercio.
Si me preguntan, yo prefiero un regalo sorpresa (un libro estaría bien) en cualquier momento del año. Es más personal y demuestra que la otra persona se acordó de vos en forma espontánea y no por los carteles pegados en las vidrieras de los locales de rubros asociados al "amor". En fin.



Para mí es difícil ser neutral con este mes ya que es el "mío". Es el mes de mi cumpleaños, así que es mi mes favorito por definición. Aunque sea de los meses calurosos.
Uno no elige a los padres ni la fecha en que nació. Así es como se termina amando incondicionalmente a la familia que a uno le tocó y, por qué no, al mes en que se decidió uno siendo bebé a salir al mundo.
No importa el número que sume, siempre es bienvenido el festejo del aniversario del día del natalicio. Piensen en la única alternativa posible. Si uno no cumple años...bueno, ya saben a dónde ir a visitarlo.



Algunos aunque festejen, incluso con mucha alegría, prefieren simular una amnesia selectiva que les borra de la memoria la cantidad de velas que deberían ubicar en la torta. Y es que a veces la gente te da menos edad que la que acusa el DNI y para qué arruinarles la ilusión, ¿no?

Febrero es corto.
Ya les dije, es MI mes. Y lo bueno, si breve...
Es el mes al que el Papa Gregorio XIII decidió recortarle los días. Y la enmarañó más al sumar las horitas que le sobraban del cálculo de las vueltas terrestres en un día extra que se acumula cada cuatro años y que no tuvo mejor idea que meter en el mes mutilado. Eso sucede los años bisiestos, como el que transcurrimos (2016), cuando febrero llega a los 29 días.
Si hubieran puesto ese día de más en marzo, por ejemplo, el mes tendría 32 días. No creo que lo hayan considerado en aquel momento, pero menos mal que no se inclinaron por esa opción porque íbamos a tardar mucho en cobrar el sueldo ese mes XL. 




Mes corto, caluroso, divertido, romántico, otrora lluvioso, algo nostálgico tal vez. El fin de la etapa corta, la de los días libres y relajados; el principio de la parte ardua, para niños y adultos por igual, del año.
Por eso, a sacarle provecho, que el tiempo corre cada vez más rápido y no pide permiso ni disculpas. Si será mal educado...





domingo, 17 de enero de 2016

Meses: Enero

Enero es el mes de la tranquilidad en la ciudad, de las calles vacías. Las corridas, los insultos, los apuros, quedan para otras regiones del país y del extranjero.
No es que ya no haya ansiosos: es que están en otra parte.
Las terminales de micros estallan. Los ómnibus salen y llegan con diferencias apenas de minutos entre uno y otro. Montones de gente con bolsos que van y que vienen. Sí, vienen. Porque también es la época del año que aprovechan los visitantes del interior para conocer Buenos Aires sin ser atropellados por los malones de porteños que dominan la ciudad el resto del año.



Enero es el mes de la calma tras la locura que caracteriza a diciembre. Salga uno o no de vacaciones, ya no hay que correr contra reloj (y contra bolsillo) para hacer las compras de Navidad, Año Nuevo y Reyes (qué clase de conspiración católica hizo coincidir esas tres festividades, sólo algún Papa antiguo lo sabe).
El aguinaldo se perdió entre el supermercado y la carnicería, y la tarjeta está comprometida hasta la Navidad que viene gracias a las doce cuotas sin interés. Para cuando termines de pagar los regalos de 2015 ya te metiste en los de 2016, y así a la eternidad.

En enero logramos evitar los nudos vehiculares provocados por todos esos padres que consideran que caminar media cuadra hasta la entrada del colegio del hijo es una maratón, pero nos encontramos con nuevos nudos generados por esos mismos padres: los de las colonias de verano.
Nadie quiere dejar al chico con la abuela, la idea es que "haga algo" en lugar de ver televisión, así que las colonias se llenan de niños.
Por lo tanto, en las puertas de esos lugares parece no haber transcurrido el tiempo y se continúan, con la fuerza inalterable de una tradición a proteger, las molestias para los pocos conductores que aún deambulan bajo el calor propio de la estación.

Enero es, por otra parte, el mes de la activación espontánea (siempre confiamos en que sea espontánea y no causada por algún amigo de lo ajeno) de alarmas en casas de vecinos. Parece que hay más casas vacías y alarmas sensibles que nunca. Ahí te das cuenta quién es el dichoso que se fue de vacaciones y quién todavía comparte el asfalto con vos.




Desde la culpa, enero es el mes del arrepentimiento por haber subido en las fiestas (y días subsiguientes) los dos kilos que te había costado dos meses bajar antes de fin de año. ¡Maldito pan dulce y garrapiñadas al chocolate!
Y es que la cuenta calórica no da. Por algún motivo, se calcula siempre comida de más. O sea que arrancás el 24 de diciembre, seguís a dieta estricta de Vithel Thoné, matambre y ensalada Waldorf hasta el 31, día en que se reponen las heladeras, y así seguís en continuado tipo cine porno hasta el 6 o 7 de enero, o la fecha de caducidad de los víveres, lo que ocurra primero.
Mientras tanto tenés budines, pan dulce, y confituras varias para acompañar el té de la tarde, el mate, o cualquier infusión que amerite entre comida y comida.



Enero es el mes en el que el calor empuja a los urbanitas a compartir ese caldo de cultivo germinal que son las piletas públicas.
A la gente le gusta amucharse, sino explíquenme la concentración en las playas: cuanto menos metraje libre hay entre lona y lona parece que se disfruta más, es incomprensible. Los bañeros dentro de poco no sólo van a tener que darle aire a los ahogados que sacan del mar, sino también a las morsas humanoides que se asolean tan pegadas entre sí que casi no lo reciben.
Lo mismo sucede en las piletas públicas y de clubes. 
Un consejo: traten de buscar alguna en la que los niños estén separados de los adultos. No por la seguridad de una pileta más bajita para ellos, sino porque es normal que, de tan bien que la están pasando, les de fiaca salir para ir al baño. 
No digan que no les avisé.



En el barrio se zafa casi siempre de estas multitudes con la Pelopincho, o con un tío con casa con pileta y temperamento con paciencia.

En la nostalgia (la mayoría de mis posts tienen un toque nostalgioso, no sé bien por qué), enero era el mes en el que, a la hora de la siesta, en el silencio del barrio apenas interrumpido por alguna chicharra en días de mucho calor, se oía llegar al heladero. 
El código era "palito-bombón-helado", así de corrido, como si fuera una única palabra. Y los chicos salíamos corriendo a comprarle, no fuera cosa que siguiera de largo y hubiera que esperar que abriera el kiosko a las cinco de la tarde.




Finalmente, enero es el mes en el que dejamos atrás el balance del año anterior. Nos resignamos a que lo que fue ya fue, y nos proponemos con toda la fuerza, al menos mental, arrancar un año diferente. 
Podría decirse, casi, que es el mes de la esperanza. 
Bueno, no tanto, está bien, pero es el mes de los proyectos, de las ideas y de las propuestas, internas y de terceros, de cosas para hacer en ese larguísimo tiempo que queda por delante y que llamamos "año".


martes, 29 de diciembre de 2015

Cuando se apaga la luz...

Éste es un post sobre los cortes de luz. Sin embargo, está muy lejos de ser un escrito con pretensiones de análisis de ningún tipo. No voy a ahondar en las posibles razones ni responsabilidades técnicas, políticas u económicas de los apagones que se están produciendo en Buenos Aires por estos días. 



La idea en cambio, de fuerte convicción superflua y pasatista, es aligerar las consecuencias de estos incómodos oscurecimientos con una visión optimista, casi lúdica diría, de la cosa.
Por eso propongo empezar por los juegos, justamente. (Dado que ésta es una página de acceso libre, haremos hincapié sólo en aquellos juegos en los que pueda participar activamente toda la familia).
Sombras chinescas, por ejemplo. Qué mejor manera de tranquilizar a nuestros cyber chicos, que viven enchufados a aparatos y conectados a redes las 24 horas, que sentarlos un rato con apenas una linterna o la luz de una vela, en caso de ahorro energético máximo, a adivinar qué animalito es tal o cual sombra proyectada en la pared. Padres, tíos, abuelos, y cualquier otro sobreviviente de generaciones anteriores podrán aportar su creatividad para deleite de los chicos, que tras un conejito y algún otro bicho, se dormirán de aburrimiento en la oscuridad cómplice que les otorga la compañía de luz. 


Cuarto oscuro. Como por trabajos técnicos es probable que la luz vaya y venga de a ratos (está pasando en Ramos Mejía en este momento), se puede aprovechar para esconderse. Dejen la tecla de la luz en encendido así cuando la energía vuelve e ilumina al tío que todavía no encontró dónde meterse, por ejemplo, es sorpresa para todos. Avísenle a sus niños que la luz roja del stand by de algunos artefactos electrónicos se ve igual en la oscuridad, así que deben dejarlos sobre la mesa si no quieren ser descubiertos.

Ya no tan lúdico, o sí, depende de cómo se desarrolle la cuestión, es otro uso del corte de luz para aquellos afortunados (esperemos que así lo consideren ellos también) que están en pareja: cena a la luz de las velas. 
Convengamos que la oscuridad nos agarró sin mucho margen para preparativos, así que habrá que conformarse con el pedazo del matambre de Navidad que todavía está en la heladera, alguna ensaladita y lo poco que puedas improvisar. Las velas no son de restaurant, apenas unas Ranchera ya usadas en apagones anteriores, que se derriten más rápido que el helado que aguarda en el freezer, también desde el pasado 25. Lástima que quedó sólo el almendrado o esos sabores que todos dejan para lo último, pero todo vale en pos de recuperar el romanticismo.


El único inconveniente para la velada perfecta es que estás sumida en una ola de calor que alcanzó hasta a Nueva York. Él llega todo transpirado del trabajo y no le gusta bañarse a oscuras, así que le espolvoreás desodorante como si fuera Flit a los mosquitos.
A no decaer, muchacha, que en cualquier momento te devuelven la luz por un rato y podés zafar mirándote una película de Nora Ephron.

Para las solas (aunque también puede practicarse en pareja, pero no discriminemos) está la posibilidad de cumplir la fantasía del baño de inmersión rodeado de velitas.
Claro, tenés que cumplir ciertos requisitos previos. Primero y fundamental: tener bañera. Ignoren del todo este comentario aquellas que viven en casas con "practiquísimos" box de ducha. 


Segundo, haber comprado con antelación las velas y la espuma o sales aromáticas para baño. El jabón blanco no sirve, chicas, para darle glamour a este momento, mal que nos pese. Cualquier cosa busquen bien en el mueble del baño, siempre hay algún viejo regalo que incluía estas cosas.
Una vez preparado todo, a llenar la pileta. Eso sí, te deseo que tengas termo o calefón a gas, porque si en aras de la modernidad te instalaron uno eléctrico, bueno, a menos que te guste el agua fría, vas a tener que dejar la cosa para la próxima (casa en la que vivas).

Cierro este ya extenso post con una reflexión que siempre me surge en estas situaciones, cuando reniego de andar a oscuras y no tener toda la casa iluminada como salón de fiestas. O cuando me quejo de que no se me ocurre qué escribir, y entonces recuerdo a todos aquellos cerebros brillantes, escritores anteriores a Edison, que desarrollaron sus palabras a la luz de una vela, en pergaminos y con pluma y tintero.
Mi absoluta admiración a ellos, escritores a pesar de la incomodidad y dificultades. De ustedes es la verdadera luz. La de las ideas.


miércoles, 23 de diciembre de 2015

Propósitos de Año Nuevo

Termina diciembre. Termina el año. Momento de balances y revisiones, de recordar con sonrisas los buenos momentos y lamentar las malas decisiones o revisar si fueron tan malas realmente.
Es el momento también de hacer planes. De tomar lápiz, papel, convicción e imaginación y encarar la lista que los países sajones denominan "New Year's Resolutions" o, en nuestro castellano local, "Propósitos de Año Nuevo".


Es habitual que la lista la encabecen los propósitos que uno se había planteado para el año que se va y no cumplió. Eso de darse un año más (uno que en realidad pueden ser varios, según la antigüedad de la meta) para llegar al ansiado objetivo.
No hace falta organizar encuestas, los básicos son incluso universales: adelgazar, hacer más ejercicio, dejar de fumar. Algo que señala cuánto nos preocupa la salud mientras no sea momento de hacer algo por ella.



Luego vienen los propósitos de índole más bien económico, y en este rubro uno siempre tiene la posibilidad de culpar a otro de no haberlo cumplido ya. Al gobierno de turno, al que se fue, al jefe que paga poco y al almacenero que cobra mucho. Ahorrar, ganar más dinero, son algunas de las aspiraciones para el año que entra. Para todos en realidad.

Por último, los más ideales y seguramente, los más interesantes: leer más, ver más películas, algún viaje (dicen los que saben de cumplir objetivos que hay que proponerse un destino específico y no decir "viajar" en general), estudiar algo nuevo (idioma, carrera, curso de cocina), y ese tipo de cosas. 




Solemos saludar a los demás para estas fechas deseándoles que el año que viene sea mejor que el que pasó. Y lo hacemos con un dejo de nostalgia, como si se hubieran pasado 365 días en vano.
Le decimos a los otros, y en cierto modo a nosotros mismos, que ojalá que el próximo sea "su" año. Sin embargo si lo pensamos bien sería bastante triste que así fuera. El objetivo, el deseo de toda una vida debería ser que el año por comenzar sea mejor que el que termina, y así permanentemente. Incluso si éste fue maravilloso.
Porque si no esperamos que cada año supere al anterior nos estamos exponiendo a la decadencia, a un continuo declive.
Haber logrado este año todo lo que se esperaba en la vida implica ir de ahí en más hacia abajo, hacia la chatura, hacia la nostalgia infinita. Horrible.

Deberíamos aspirar a tener buenos años, y luego años mejores, y así hasta el final.
Anoten todo lo que van a hacer este año, 2016, que les deseo espectacular. Pero también les deseo que no sea tan bueno como el 2017, y mucho menos que el 2018.




No dejen de soñar, de hacer planes, de armar proyectos, de intentar concretarlos. Pero por sobre todas las cosas, no dejen de hacer. El cine es un arte maravilloso, pero en la vida lo que funciona no es estar sentado en la butaca, sino ser quien actúa, quien realiza.
Quien es protagonista, en fin.



jueves, 10 de diciembre de 2015

Viajar Viajar - Aviones

Comer

Tu vuelo sale a las 14 horas. Por esas cuestiones de requerimientos de los aeropuertos, llegaste al lugar a las 11, media mañana. Por supuesto, no almorzaste. Es probable que, entre las corridas de armar el equipaje a último momento (¿hay alguien que no lo haga a último momento?), los nervios de los documentos, las llamadas al resto de la familia para controlar que todo marche en orden y otros menesteres varios, tampoco hayas desayunado.
Subís al avión. Felicidad: comienza el viaje.
A la hora y media de vuelo te traen la comida. Almuerzo tardío, pensás. Pero no, resulta ser la cena.
El jet lag comienza en el estómago.



El espacio es reducido, viajás en clase turista y no te importa, lo que vale es estar ahí, y vos tenés un par de TOCs importantes.
Así que maniobrás los cubiertos plásticos con la habilidad de un cirujano y acomodás los alimentos y bandejitas con la expertise de un campeón de Tetris. No hay margen de error.
Si viajás con niños propios, es seguro que debas organizar además la bandeja del menor en cuestión. Y recibir todo lo que no le gusta. Que, a pesar de haber encargado con tiempo en la página web de la aerolínea el menú infantil, es mucho.
Los gustos no son sólo cuestión de edad, sino de culturas.
El tuyo es "light" en algún otro planeta con gravedad cero, porque lo único que te cambiaron es el postre por una fruta en trocitos y la manteca por queso crema. Pero en fin, no es un restaurant, se come lo que se puede y lo que no, vuelve al carrito del catering.

Dormir

En un vuelo transatlántico de doce horas, el tema del sueño es uno de los ítems preocupantes. En especial, insisto, en clase turista, donde no tenés esa posibilidad tan atractiva de las publicidades que son los asientos que se hacen cama. Acá si lo reclinás un poco, considerate afortunado. Y sino, mirá a los que están en la última fila. No se pueden reclinar, no. Acordate bien para la próxima.
Al principio te molestan las zapatillas que elegiste para viajar por ser el calzado más cómodo. Así que aceptás la oferta de la azafata y te hacés de un par de "pantuflas" que no son más que un par de medias grises, buen color para pasearse con ellas por el interior del avión.
Y acá sí viajar con un menor es una ventaja: no ocupa su asiento completo. Entonces levantás el brazo que los separa y esparcís un poco de tu humanidad (menos mal que adelgazaste) en su lado.



Hasta acá la parte de acomodarse. Falta la parte, la más ardua: conciliar el sueño.
Si sos una insomne en tierra, con mucha más razón lo serás en el aire. Además si tu estómago apenas termina de asumir que lo que para él era un almuerzo fue una cena, imaginate explicarle a tu cerebro que lo que es la tarde en realidad es la noche y que encima te estás moviendo aceleradamente hacia el día siguiente.
Música. Algo para leer. Una película. Nada funciona. 
Hasta que, no sabés si de cansancio o aburrimiento, te dormís. Pero no pasa mucho tiempo cuando sentís que las luces se encienden todas a la vez y el bullicio crece. Amanecer virtual, afuera sigue oscuro. Hora del desayuno.

Ir al baño

Nunca esperes a tener ganas. No hay manera de calcular cuánta gente puede estar adelante tuyo en la fila para el baño.
Así que tomá como costumbre ir cuando se te ocurra. Cuando quieras aprovechar para estirar las piernas y evitar de paso una trombosis, o cuando el menor que te acompaña te lo pida. No desperdicies ocasión.
Finalmente lo lográs, pasaron las quince personas que tenías delante y llega tu momento.
En cuanto ingresás al cubículo te preguntás cómo es que es tan común la fantasía erótica de tener relaciones en el baño de un avión. 
Si el espacio para comer y dormir era reducido, el cubículo del toilette está diseñado para contorsionistas.



Te movés con cuidado y con el miedo de que algo se te caiga en el inodoro, que parece conectado directamente al vacío. Se te llegan a caer los lentes y van a parar directo al sistema digestivo de algún delfín allá abajo en el Atlántico.
Leés todas las etiquetas, porque todo está destinado a algo específico. No podés tirar el papel en cualquier lugar. Y además tenés el recipiente donde te ofrecen toallas femeninas. 
Lo abrís con curiosidad (el que está afuera, que espere), para encontrarte con asco con que no todo el mundo presta la misma atención que vos a las etiquetas, o no las entienden al menos, y usaron el cajoncito como tacho de basura.
En fin.
Liquidás el trámite con celeridad y perdés todo el tiempo que ganaste en tratar de destrabar la puerta que se flexiona al medio para optimizar el uso del, ya exiguo, espacio.
Volvés a tu asiento, a molestar al señor que está dormido en su asiento del pasillo para que te deje pasar, cosa que hace entre refunfuños adormilados que serán ignorados por vos con simpatía y cara inocente de "y qué querés que haga".

Entretenerse

Al principio parece todo maravilloso. El mundo y el diseño han cambiado, y ya no hay una única película que todos deben ver en una pantalla que les queda mejor o peor según sea la ubicación del asiento que les ha tocado. Ahora cada pasajero tiene su propia y egoísta pantalla en el respaldo del asiento de adelante.
Interesante.



Buscás el menú de opciones y hay montones de películas. Aunque como la aerolínea es angloparlante la mayoría de las propuestas están sin subtitular, mucho menos dobladas. No importa, sos canchera en el uso del idioma y podés sortear el obstáculo.
Pero el menor que te acompaña, aún no. 
Así que se aburre porque no encuentra algo para ver y por ende no te deja ver nada a vos tampoco. Espíritu solidario se requiere.
Eventualmente se duerme y volvés a buscar algo para ver. Una película que tenías catalogada como interesante. Bien. Comienza.
Pero qué bajito se oye! No hay caso, la dejás a los cinco minutos y te pasás a algún canal de música, hay varios géneros y estilos para elegir. Y se oyen bien.
Menos conflictivo, por suerte.
Leer es tu vicio habitual, así como escribir en el cuaderno que te llevás especialmente para estas crónicas. Pero estás cansada y tu menor te pregunta todo el tiempo qué escribís, así que se sostiene poco tiempo.
Volvés al canal de audio. Nuevo disco de David Ghetta. Qué bueno.

Bajar

El avión llega a destino. Lo ves en el controlador de recorrido que también se te ofrece en la pequeña pantalla del asiento.
Parece que ya está todo listo, pero tarda horrores en aterrizar. 
El piloto saluda a todos con humor inglés y solicita, sugiere, exige, que nadie se levante hasta que se apague el cartel de "ajustar cinturones".



Pero nadie hace caso. No al menos en un vuelo con argentinos a bordo. Así termina por armarse una fila larguísima de gente impaciente por bajar del avión, comprensible después de un vuelo de doce horas, claro, pero improductiva al máximo.
Los dejás pasar a todos. Nadie te corre. Agarrás tranquila tu equipaje de mano y caminás tranquila hacia la puerta.
Estás donde querías estar.

Arribos

Finalmente pisaste tierra, pasaste migraciones y tenés una nueva travesía en puerta. Disfrutás como parte de todo los olores típicos de estos no lugares que son los aeropuertos y todas las peripecias del vuelo se te olvidan como los dolores del parto a la madre que ve a su hijo por primera vez.
Ya habrá tiempo de recordarlas para el vuelo de regreso. Ese que te lleve de vuelta a casa. 



miércoles, 25 de noviembre de 2015

Colectivo suburbano

Todos los días, excepto aquellos en los que el clima y los tiempos permiten la caminata, voy a mi trabajo en colectivo. Son diez minutos de viaje en una línea de las que yo denomino "conurbanas" porque no pasan la General Paz hacia el lado de Capital.
El trayecto de esta línea es bastante acotado, de Morón a Liniers apenas, y recorre calles de barrio y por breves sectores alguna avenida, también de barrio.




Tiene una frecuencia de veinte minutos entre coche y coche y eso resulta en que, si sos pasajero habitual y por cuestiones laborales lo tenés que tomar siempre a la misma hora, te toca el mismo chofer y hasta los mismos pasajeros, aunque esto último es lo más variable.
Así, cuando comenzás a usar la línea y a ver la cara del mismo señor todos los días, a pesar de no ser persona de campo, empezás a saludarlo.
El tipo te ve cada mañana, no podés no saludar, por muy hosco que seas. La amabilidad, por otra parte, es recompensada. No sólo el hombre te saluda de vuelta y marca tu tarifa sin que tengas que decirle a dónde vas. También te otorga el beneficio de que, si un día te atrasaste un poquito y te ve venir corriendo, te espera.
Estas cuestiones de servicio personalizado en el transporte público no suelen suceder en las líneas "grandes" de colectivos. Esas que sacan un coche cada cinco minutos, y cuyos recorridos son tan extensos que los choferes se entremezclan en la grilla como mapa de vuelos internacionales.
Nunca te toca el mismo chofer, y si te tocara viaja tanta gente que es imposible que recuerde cuál es tu recorrido habitual.
Nadie se saluda, nadie se mira. Sólo a veces coinciden un par de madres que llevan a sus hijos al mismo colegio y se conocen de la puerta de la escuela o del grado, pero se mantiene el punto de que el viaje es corto. Y tampoco sucede todos los días.
Hace muchos años viajé a París. Mi hermana, arquitecta hoy, estudiante en ese entonces, me pidió que le sacara fotos a una casa de diseño que quedaba en las afueras de la ciudad, hecha por un famoso colega de ella, de esos muy premiados que se endiosan en la época estudiantil.
Cabe aclarar que mi hermana sólo me dio el nombre de la casa y el barrio, Saint Cloud. Ni calle, ni ninguna otra indicación. Y no había Internet donde buscarlas. 



Pero bueno, como una es solidaria y además infernalmente curiosa, logré reunir los datos necesarios para llegar a la Villa Dall'ava, de Rem Koolhaas. 
Llegué en el subte hasta la Puerta que correspondía. Aclaro que las puertas son como las salidas de la ciudad. Una vez que las cruzaste estás en el conurbano parisino.
Allí me dirigí a una oficina en la que me indicaron la dirección exacta y cómo ir hasta allí. Tenía que tomar un colectivo.
El colectivo en cuestión resultó ser una especie de combi en la que la única desconocida era yo. Los demás pasajeros se saludaban a medida que subían, charlaban de sus cosas, y también sabían en qué parada se bajaba cada uno de los otros.



Mi primera reacción fue la sorpresa: estábamos a muy poca distancia de una enorme urbe y sin embargo ahí parecía el pueblito de Heidi.
El ambiente era tan distinto al de la gran ciudad.
Y entonces pensé, como pienso cada día cuando yo u otro pasajero saludamos al chofer con un buen día, o hasta hacemos algún comentario más extenso, en cuánto más personas parecemos con cada interacción.
Las ciudades son maravillosas, no creo ser otra cosa que una urbanita aunque me guste despejarme de tanto en tanto. Pero nos perdemos en ellas.
Y a veces está bueno, es lo que buscamos, el reparo del anonimato.
Pero en otras ocasiones nos gusta que nos sonrían de vuelta, que nos saluden, que sepan, aunque sea por un pequeño rato, que somos personas y no entes deambulando por el mundo.