Nací a principios de la década del '70. En 1973 para ser exactos.
No tengo mucha idea de por qué, pero el archivo fotográfico familiar indica que en esa época estaba de moda sacar fotos en formato diapositiva.
Por si alguien muy, muy, joven e inexperto lee esto, aclaro que las diapositivas eran, son, bueno, fotos del tamaño de un negativo de película de 35 mm pero "positivado", o sea, en la que se ven los colores como realmente son y no al revés.
A nivel uso docente o profesional, son las precursoras de las presentaciones en PowerPoint, o su última versión analógica, las filminas.
Para verlas, dado su compacto tamaño, hace falta un proyector, aparato que lanza un haz de luz a través de ellas al tiempo que las ilumina y las proyecta, justamente de ahí su nombre, sobre una superficie clara y despejada, como la pared del living o la pantalla enrollable portátil que se compraba para tales fines.
Otra particularidad es que, dado que son pequeños recortes de película, para manipularlas se las coloca en marcos de plástico, de variados estilos y colores, según la marca.
Hoy en día sería imposible que siguieran en vigencia. No sólo porque las cámaras digitales no soportan el formato, sino por el culto que mirarlas implicaba.
Si para algunas personas ya resulta engorroso compartir un álbum de fotos "físico" (de fotos de papel, no digitales), el caso de la diapositiva implicaría un esfuerzo equiparable a escalar el Everest.
Y sin embargo había algo lindo en verlas, algo así como un ritual.
Exigía una disposición tipo cine o teatro: todos los asistentes con las sillas, almohadones o lo que más cómodo les resultara, sentados mirando hacia la pared o pantalla en cuestión. En una mesa atrás, el proyector y su proyectorista: el amigo o familiar que traía las fotos para mostrar, o que se ofrecía para pasar las de la casa.
Los carretes de los proyectores familiares soportaban hasta treinta diapositivas por tanda, por lo que, para que la sesión no perdiera dinamismo, hacía falta comprar unos cuantos y prepararlos de antemano. Era fundamental cargarlos con las diapositivas mirando hacia abajo porque el efecto óptico del proyector, como el ojo humano, las invertía. Y no había nada más molesto que estar sumergido en ese desfile de fotos y que de pronto apareciera una cabeza abajo.
En los colegios o empresas solía haber proyectores automáticos, que con un control remoto iban pasando las fotos una a una, en lugar de requerir a una persona que las pasara en ese movimiento tipo cortadora de fiambre que ingresaba una foto y luego de que fuera vista y comentada por los asistentes, la sacaba para ingresar la siguiente.
"Comentada" dije. Y es que eso es lo que sucedía, y así se completaba el ritual: todos hablando de esa imagen expandida que teníamos enfrente. Podía ser de un viaje, o, como no quedó otra en mi caso, de fotos familiares viejas.
Aparecés ahí de bebé, y la interjección de ternura de los que la ven es inevitable.
A veces tengo ganas de organizar una merienda de "pasada de diapositivas".
Será cuestión de preparar el tiempo, el espacio, y la voluntad de los asistentes para tal fin. Y así poder ver esas fotos de cuando eras chiquita, en la plaza, en la Galería Jardín o en la casa de la abuela. Algunas, muy pocas, fueron impresas (se podía hacer eso).
El resto quedaron ahí, en cajas grises, en sus pequeños marcos como ventanas a un pasado que apela a la nostalgia, pero también a cuando había un tiempo para reunirse y charlar de las fotos, de las vivencias, de los recuerdos.
Algo en desuso hoy, epoca de Instagram, en la que todo se termina en el momento en que posteamos la imagen en una red, o a lo sumo nos mandamos las fotos por WhatsApp.
Crónicas, comentarios acerca de cosas que pasan. Como polaroids: tomas instantáneas de la vida.
lunes, 16 de noviembre de 2015
domingo, 15 de noviembre de 2015
Campaña del hartazgo
Se habla, y mucho en estos días, de la campaña del miedo.
Los ubico: escribo el 15 de noviembre de 2015. Hace tres semanas se celebró la primera vuelta de las elecciones presidenciales con el resultado parcial de dos candidatos que deberán enfrentarse en el balotaje ya que ninguno alcanzó la mayoría absoluta.
Estas semanas que transcurren entre aquella elección y la segunda vuelta, programada para el 22 de este mes, se convirtieron por ende en tiempo de definiciones para quienes en la primera vuelta habían votado a otros candidatos, a las minorías.
Ante este panorama, la guerra se desató. Los dos partidos mayoritarios salieron a la caza del votante ajeno con la ferocidad y fanatismo de quien encara una guerra religiosa.
En lugar de debatirse propuestas, la estrategia elegida es ensuciar al otro. Amenazar con lo que sucederá si gana el adversario.
Todas cosas horrendas, claro.
A esta seguidilla de visualizaciones nefastas se le llama la "campaña del miedo".
Sin embargo, yo voy a referirme a otro aspecto, que no es una estrategia sino más bien un efecto, adverso, claro: el hartazgo.
La militancia obsecuente e invasiva a través de llamados telefónicos a quienes no estén registrados en listas para evitar telemarketing (que existe, aunque nadie sabe cómo anotarse), mails ofreciéndote ser voluntario para tal o cual agrupación, mesitas repartidoras de globos y volantes en cuanta esquina se pueda, convocatoria a marchas con consignas de lo más incomprensibles si se tiene en cuenta que hablamos de un futuro presidente de este bendito país ("Amor sí, Macri no") y que remiten con suerte al movimiento hippie.
A todo eso se suma la febril campaña de personas comunes y corrientes, no militantes habituales, que se hacen eco vaya uno a saber por qué y que dedican sus días a subir fotos, noticias falsas y recordatorios del apocalípsis que se nos está por venir, gane quien gane, en las redes sociales.
Así, abris tu perfil de Facebook para comentar una idiotez o para ver en qué andan tus amigos y te encontrás con montones de posts cruzados en favor de uno o de otro partido.
Cuántas amistades se perderán debido a esto, no quiero imaginar.
Pero el colmo, y esta vez sí me refiero al oficialismo en particular, es el uso de medios de comunicación para difundir falsedades. Porque una suposición no es NOTICIA, por ende anunciarla como tal es falsedad.
Me preocupan los medios en general, pero lo que no deberíamos tolerar es que se utilicen medios nacionales, estatales, no partidarios (concepto que en nuestro país parece no haberse esclarecido jamás) para tales fines.
El papel de la agencia Télam, o del canal 7, son lamentables.
Y como frutilla del postre, sectores que no comulgan con ninguno de los candidatos haciendo campaña, sí, campaña, por el voto en blanco. Como si se lograra algo con eso.
Tanta lucha lo que consigue es el cansancio del votante, que ya participó de dos comicios (PASO y primera vuelta) y todavía tiene uno más pendiente.
El acto electoral, más que valorable en una sociedad como la nuestra que perdió esa posibilidad durante tantos años, se ha vuelto rutina. En su connotación negativa.
Pero lo peor es esta contaminación de la decisión ciudadana con culpas y amenazas de un futuro que puede o no suceder.
Así, llegaremos todos al 22 hartos. Hartos de escuchar y ver basura volando en todas direcciones. Hartos de que en lugar de propuestas y hasta las nunca cumplidas promesas de campaña se hayan transformado en insultos. Hartos de que quienes no compartan tu opinión te acusen de querer fundir al país. Hartos hasta de lo sano de la política, por extensión.
Esta noche se realizará el debate, el clímax probablemente de esta campaña. Llegamos tan cansados que no sé cuántos lo escucharán con atención.
Lo más seguro es que va a haber quienes levanten cita por cita a las redes sociales, con algún comentario lateral ad hoc.
Hemos desvirtuado todo. Ya no hay ideas, proyectos de país. Justo en éste, al que tanta falta le hacen.
Sólo queda la basura. Sólo el hartazgo.
sábado, 7 de noviembre de 2015
Tarot
Las artes adivinatorias acompañan a la humanidad desde sus inicios más remotos. El ser humano siempre buscó la posibilidad de saber de antemano las cosas. Algunas, al menos.
Se trataba de encontrar un adelanto del destino en cualquier cosa. Vísceras de animales, movimientos planetarios, restos de té o café, las líneas de las manos, una bola transparente, y cuanta cosa donde alguien asegurara ver, como a través de una pantalla de cine, qué deparaba el futuro.
Los gobernantes de todas las épocas y sistemas consultaron a sus adivinos, en vanos intentos por saber qué caminos seguir.
Y si ellos lo hicieron, por qué no el resto de los simples mortales. Al fin y al cabo a nadie le viene mal alguna ayudita en cuanto al resultado posible a la hora de tomar una decisión.
Así, cuando paseamos por Caminito o Plaza Francia, contamos con amplia oferta de puestos de tarotistas, que se reclaman a sí mismos videntes naturales en la mayoría de los casos, para detenernos un rato y pedir alguna iluminación sobre eso tan oscuro que es nuestro futuro. Por una módica suma de efectivo, por supuesto.
Pero ¿cómo saber cuál de estos pitonisos urbanos de siglo XXI es realmente lo que dice ser? Conviene hacer la consulta con algo de escepticismo, ya que no hay certificado alguno que avale que la persona sentada del otro lado de la mesita cuente con habilidades reales. Y es que lo sobrenatural también es inconmensurable.
Ante la duda, continuamos el paseo como lo que es, eso, un simple paseo, y dejamos las consultas para aquellos que sí parecen ostentar algún poder real. Los conocidos. Los famosos. Astrólogos, tarotistas, videntes naturales que salen en los medios, publican libros con los pronósticos anuales para todos los signos y en todos los horóscopos hasta ahora inventados. Bueno, si tienen ese nivel de popularidad, por algo será, ¿no?
Y sin embargo lo más saludable sería mantener la duda. Con respecto a la idoneidad del adivino en cuestión y con respecto a nuestro destino.
Claro que nos encantaría saber si esos ojos increíbles que nos fascinaron serán nuestra futura pareja. Por supuesto que, ante alguna sospecha de infidelidad queremos saber la verdad, cueste lo que cueste. Y lógicamente también queremos saber cómo nos irá en nuestra economía y si hay algún viajecito por delante.
Lo del viaje hay que darlo por descontado. Se ve que es lo que todo el mundo quiere, así que no falla. En todos los futuros hay un viaje. No se aclara si el destino es el cementerio, pero el viaje está, sí señores.
Y con respecto a todo lo demás, bueno, mi experiencia personal es que, así como las interpretaciones de textos pueden variar de lector en lector, también varían las interpretaciones de las lecturas de cartas. Y los resultados pueden ser el opuesto absoluto de la realidad. El marido que los naipes prometen como fiel acaba de tener un hijo con otra; el dinero que abunda es en deudas, no en disponible; y la separación que la tarotista no ve es, en la realidad, inminente.
No es que no deje margen a la duda. Una vez mi hermana tomó un taxi y el chofer le habló de su presente y futuro, sin cobrarle un peso (por eso, le cobró la tarifa del taxímetro, claro). Un hombre con capacidades especiales. Existe gente así, puede ser. Como la mujer que ve gente muerta de la serie "Médium", personaje basado en una persona real, que de hecho asesora en la serie.
Lo que es seguro es que ninguno de ellos cobra por lo que los demás vemos como un don y ellos viven como una tortura. No debe ser muy divertido saber qué va a pasar. O qué pasó en el caso de las muertes violentas.
Al fin y al cabo de eso se trata la vida: de recorrer una aventura en la que escribimos cada capítulo a medida que avanzamos. Aunque nos gustaría tanto saber si ESE hombre es el amor de nuestra vida...
¿Tiramos las runas?
Se trataba de encontrar un adelanto del destino en cualquier cosa. Vísceras de animales, movimientos planetarios, restos de té o café, las líneas de las manos, una bola transparente, y cuanta cosa donde alguien asegurara ver, como a través de una pantalla de cine, qué deparaba el futuro.
Los gobernantes de todas las épocas y sistemas consultaron a sus adivinos, en vanos intentos por saber qué caminos seguir.
Y si ellos lo hicieron, por qué no el resto de los simples mortales. Al fin y al cabo a nadie le viene mal alguna ayudita en cuanto al resultado posible a la hora de tomar una decisión.
Así, cuando paseamos por Caminito o Plaza Francia, contamos con amplia oferta de puestos de tarotistas, que se reclaman a sí mismos videntes naturales en la mayoría de los casos, para detenernos un rato y pedir alguna iluminación sobre eso tan oscuro que es nuestro futuro. Por una módica suma de efectivo, por supuesto.
Pero ¿cómo saber cuál de estos pitonisos urbanos de siglo XXI es realmente lo que dice ser? Conviene hacer la consulta con algo de escepticismo, ya que no hay certificado alguno que avale que la persona sentada del otro lado de la mesita cuente con habilidades reales. Y es que lo sobrenatural también es inconmensurable.
Ante la duda, continuamos el paseo como lo que es, eso, un simple paseo, y dejamos las consultas para aquellos que sí parecen ostentar algún poder real. Los conocidos. Los famosos. Astrólogos, tarotistas, videntes naturales que salen en los medios, publican libros con los pronósticos anuales para todos los signos y en todos los horóscopos hasta ahora inventados. Bueno, si tienen ese nivel de popularidad, por algo será, ¿no?
Y sin embargo lo más saludable sería mantener la duda. Con respecto a la idoneidad del adivino en cuestión y con respecto a nuestro destino.
Lo del viaje hay que darlo por descontado. Se ve que es lo que todo el mundo quiere, así que no falla. En todos los futuros hay un viaje. No se aclara si el destino es el cementerio, pero el viaje está, sí señores.
Y con respecto a todo lo demás, bueno, mi experiencia personal es que, así como las interpretaciones de textos pueden variar de lector en lector, también varían las interpretaciones de las lecturas de cartas. Y los resultados pueden ser el opuesto absoluto de la realidad. El marido que los naipes prometen como fiel acaba de tener un hijo con otra; el dinero que abunda es en deudas, no en disponible; y la separación que la tarotista no ve es, en la realidad, inminente.
No es que no deje margen a la duda. Una vez mi hermana tomó un taxi y el chofer le habló de su presente y futuro, sin cobrarle un peso (por eso, le cobró la tarifa del taxímetro, claro). Un hombre con capacidades especiales. Existe gente así, puede ser. Como la mujer que ve gente muerta de la serie "Médium", personaje basado en una persona real, que de hecho asesora en la serie.
Lo que es seguro es que ninguno de ellos cobra por lo que los demás vemos como un don y ellos viven como una tortura. No debe ser muy divertido saber qué va a pasar. O qué pasó en el caso de las muertes violentas.
Al fin y al cabo de eso se trata la vida: de recorrer una aventura en la que escribimos cada capítulo a medida que avanzamos. Aunque nos gustaría tanto saber si ESE hombre es el amor de nuestra vida...
¿Tiramos las runas?
La condena
El caso horroriza a la ciudad, al país.
Lo impensable, lo insoportable: una beba recién nacida, con el cordón umbilical sin cortar aún fue abandonada en una bolsa de basura en una estación de servicio.
Una empleada del lugar la encontró, la abrigó, llegaron las autoridades, el hospital: la beba está sana y salva en cuanto a lo biológico, pero no tiene padres. O casi.
Gracias a las cámaras de seguridad del lugar se pudo identificar a la madre y a su pareja, quien, según los testimonios de las mismas empleadas, fue el que entró a la parte de mercado de la estación a comprar apósitos femeninos "para una emergencia".
Ambos fueron detenidos y acusados de "abandono de persona". Porque la beba sobrevivió, sino sería otra la causa.
Sin embargo, 24 horas después de esa imputación inicial, el hombre fue liberado por "falta de méritos" y ella, la madre, procesada y embargada.
Sé que esto sobre lo que voy a reflexionar no le causará gracia a muchos. Lo veo en los comentarios de las notas periodísticas sobre el caso. "Asesina", "que la castren", dicen todos con el dedito acusador.
Nadie se atreve a preguntarse qué pasó por la cabeza de esa mujer durante estos nueve meses y mucho menos en el momento en el que dejó a su propia bebé abandonada para morir.
¿Era realmente consciente de que eso que dio a luz era una persona?
En su familia no sabían que estaba embarazada. La madre de ella incluso dijo que no es la primera vez que oculta un embarazo. No es la primera vez. ¿Y qué piensan? ¿Que es una excéntrica, acaso? ¿A nadie se le ocurrió preguntarse si padece problemas psiquiátricos?
En lugar de intentar comprender la situación de alguien que llega a una situación tan extrema hacemos matemática de la psicología.
Es mujer (por ende NO HAY MANERA de que no quiera ser madre) + no es indigente (no tiene la excusa telenovelera de que no va a poder mantener al hijo) + no carece de instrucción = si no se hizo cargo de la bebé es una asesina en potencia.
La condena cae siempre, infalible y cruel, sobre la mujer.
Y la maternidad es el punto más evidente.
El supuesto padre dice no haber sabido que su pareja estaba embarazada. No se dio cuenta de que no menstruaba, conviviendo. No le tocó nunca el vientre. No observó malestares. Nada. Pero claro, es hombre. Y esas son cosas de mujeres.
Ella quedó procesada, él está libre.
Porque para condenar a la mujer, sí, vamos todos, es la que tenía la criatura en su vientre. Un padre puede, cómo no, es natural, ser abandónico, pero ¿cómo lo va a ser una madre?
En lugar de preguntarnos qué pasó con ella, le caemos con el peso de la ley.
La beba fue engendrada por ella sola, parece. El tipo que estaba allí, sea o no el padre, no tiene mérito para la justicia. Claro, es hombre.
Y de educación sexual, mejor ni hablemos.
Qué fácil es juzgar, condenar, pero sólo a las mujeres, porque la vida se evidencia en nosotras, porque tenemos la obligación.
Se nos condena si no deseamos ser madres, si lo deseamos pero también deseamos otras cosas. Si para desarrollarnos dejamos al chico con la niñera, o con la abuela. Si por ser madres se nos cayeron las tetas y se nos ensanchó la cadera. Si damos el pecho, si damos mamadera. Si le cantamos canciones de cuna, si no lo hacemos.
Se condena la educación sexual, el uso de anticonceptivos. El aborto.
Y después "no se entiende", no se acepta que se pueda llegar a una situación como ésta.
Se nos exige ser independientes, bellas hasta la muerte, y por belleza me refiero al sentido comercial, a la juventud eterna, a disimular el paso del tiempo por nuestros cuerpos, y claro, el de la maternidad.
Se nos exige ser madres, desearlo a como dé lugar. Ser buenas amas de casa, si es posible profesionales y con tiempo para todo eso más el spa y el gimnasio. Y los chicos, claro.
Una mujer que se queda en su casa, que "está al pedo", es condenada incluso por sus pares mujeres, que tienen que trabajar además de todo lo que hacen a nivel doméstico.
Nos desgajamos en múltiples funciones, somos capaces de cambiar un pañal mientras atendemos una llamada de trabajo con el celular. "Multitasking" nos gusta llamarnos. Para darle algo de simpatía a la situación.
No defiendo lo que hizo esta mujer, ni mucho menos, pero de verdad no entiendo el proceder judicial que en lugar de buscar una explicación, de ayudar a una mujer que hace algo tan extremo, la condena e ignora el rol del hombre.
¿Le puede parecer a alguien que lo hizo en su "sano juicio", con deliberación, con la perversa decisión de dejar morir a la criatura?
Y no es sólo la justicia. Toda la sociedad la mira mal.
Es intolerable. Una mujer que no quiera, no pueda cumplir con las expectativas que se tienen sobre ella. Y mucho más grave es que ni siquiera sepa disimularlo recurriendo a un aborto, ilegal, para que nadie se dé cuenta de lo que sucede en su cabeza.
Mal, mujer, te has portado muy mal. Asesina. Que te castren.
Lo impensable, lo insoportable: una beba recién nacida, con el cordón umbilical sin cortar aún fue abandonada en una bolsa de basura en una estación de servicio.
Una empleada del lugar la encontró, la abrigó, llegaron las autoridades, el hospital: la beba está sana y salva en cuanto a lo biológico, pero no tiene padres. O casi.
Gracias a las cámaras de seguridad del lugar se pudo identificar a la madre y a su pareja, quien, según los testimonios de las mismas empleadas, fue el que entró a la parte de mercado de la estación a comprar apósitos femeninos "para una emergencia".
Ambos fueron detenidos y acusados de "abandono de persona". Porque la beba sobrevivió, sino sería otra la causa.
Sin embargo, 24 horas después de esa imputación inicial, el hombre fue liberado por "falta de méritos" y ella, la madre, procesada y embargada.
Sé que esto sobre lo que voy a reflexionar no le causará gracia a muchos. Lo veo en los comentarios de las notas periodísticas sobre el caso. "Asesina", "que la castren", dicen todos con el dedito acusador.
Nadie se atreve a preguntarse qué pasó por la cabeza de esa mujer durante estos nueve meses y mucho menos en el momento en el que dejó a su propia bebé abandonada para morir.
¿Era realmente consciente de que eso que dio a luz era una persona?
En su familia no sabían que estaba embarazada. La madre de ella incluso dijo que no es la primera vez que oculta un embarazo. No es la primera vez. ¿Y qué piensan? ¿Que es una excéntrica, acaso? ¿A nadie se le ocurrió preguntarse si padece problemas psiquiátricos?
En lugar de intentar comprender la situación de alguien que llega a una situación tan extrema hacemos matemática de la psicología.
Es mujer (por ende NO HAY MANERA de que no quiera ser madre) + no es indigente (no tiene la excusa telenovelera de que no va a poder mantener al hijo) + no carece de instrucción = si no se hizo cargo de la bebé es una asesina en potencia.
La condena cae siempre, infalible y cruel, sobre la mujer.
Y la maternidad es el punto más evidente.
El supuesto padre dice no haber sabido que su pareja estaba embarazada. No se dio cuenta de que no menstruaba, conviviendo. No le tocó nunca el vientre. No observó malestares. Nada. Pero claro, es hombre. Y esas son cosas de mujeres.
Ella quedó procesada, él está libre.
Porque para condenar a la mujer, sí, vamos todos, es la que tenía la criatura en su vientre. Un padre puede, cómo no, es natural, ser abandónico, pero ¿cómo lo va a ser una madre?
En lugar de preguntarnos qué pasó con ella, le caemos con el peso de la ley.
La beba fue engendrada por ella sola, parece. El tipo que estaba allí, sea o no el padre, no tiene mérito para la justicia. Claro, es hombre.
Y de educación sexual, mejor ni hablemos.
Qué fácil es juzgar, condenar, pero sólo a las mujeres, porque la vida se evidencia en nosotras, porque tenemos la obligación.
Se nos condena si no deseamos ser madres, si lo deseamos pero también deseamos otras cosas. Si para desarrollarnos dejamos al chico con la niñera, o con la abuela. Si por ser madres se nos cayeron las tetas y se nos ensanchó la cadera. Si damos el pecho, si damos mamadera. Si le cantamos canciones de cuna, si no lo hacemos.
Se condena la educación sexual, el uso de anticonceptivos. El aborto.
Y después "no se entiende", no se acepta que se pueda llegar a una situación como ésta.
Se nos exige ser independientes, bellas hasta la muerte, y por belleza me refiero al sentido comercial, a la juventud eterna, a disimular el paso del tiempo por nuestros cuerpos, y claro, el de la maternidad.
Se nos exige ser madres, desearlo a como dé lugar. Ser buenas amas de casa, si es posible profesionales y con tiempo para todo eso más el spa y el gimnasio. Y los chicos, claro.
Una mujer que se queda en su casa, que "está al pedo", es condenada incluso por sus pares mujeres, que tienen que trabajar además de todo lo que hacen a nivel doméstico.
Nos desgajamos en múltiples funciones, somos capaces de cambiar un pañal mientras atendemos una llamada de trabajo con el celular. "Multitasking" nos gusta llamarnos. Para darle algo de simpatía a la situación.
No defiendo lo que hizo esta mujer, ni mucho menos, pero de verdad no entiendo el proceder judicial que en lugar de buscar una explicación, de ayudar a una mujer que hace algo tan extremo, la condena e ignora el rol del hombre.
¿Le puede parecer a alguien que lo hizo en su "sano juicio", con deliberación, con la perversa decisión de dejar morir a la criatura?
Y no es sólo la justicia. Toda la sociedad la mira mal.
Es intolerable. Una mujer que no quiera, no pueda cumplir con las expectativas que se tienen sobre ella. Y mucho más grave es que ni siquiera sepa disimularlo recurriendo a un aborto, ilegal, para que nadie se dé cuenta de lo que sucede en su cabeza.
Mal, mujer, te has portado muy mal. Asesina. Que te castren.
sábado, 31 de octubre de 2015
No uso paraguas
No uso paraguas. Jamás.
Todo comenzó con que siempre los perdía, pero terminó siendo
una cuestión de principios: NO CREO en los paraguas.
No evitan que te mojes, excepto un poco el pelo, pero cuando
llueve complicado, con viento, con agua en todas direcciones, te empapás
igual.
Por otro lado, no existen en versión "manos libres". Te ocupan una mano al menos, seguro, y las dos si estás en plena tormenta, con ráfagas que te sacuden y esa exigencia de manejar al artefacto en cuestión como si fuera toro mecánico. Evitar que se vuele, que se doble, que te quede dado vuelta hacia arriba, todo requiere de un desenvolvimiento gimnástico digno de un atleta. Y mientras tanto, te mojaste, claro.
Sobre estos puntos no he reflexionado sólo yo: a continuación les adjunto la imagen de un diseño de paraguas copiado del cono del silencio de Maxwell Smart que confirma lo que digo.
Cuando los tenés que cerrar mojados, son molestos. Subís al
colectivo y ¿dónde lo ponés? Parado al lado tuyo, mientras se deleita y te moja
al chorrear. El agua que te evitaste en la cabeza ahora la tenés en el
pantalón o las medias. Genial.
Luego está la cuestión ambientalista: la mayoría de los paraguas son descartables. No sobreviven un vendaval. Antes, cuando eran de mejor calidad y por ende precio, existían los que los arreglaban. Varillas arqueadas o descosidas, trabas falseadas, todo podía repararse y el propietario gastaba su dinero en mantenerlo útil. Hoy sin embargo, cuesta mucho menos uno nuevo comprado de ocasión bajo la tormenta que arreglar uno viejo. Así es como luego de fuertes lluvias nuestras calles se convierten en una suerte de cementerio de paraguas rotos. Como si le hiciera falta basura suelta a esta ciudad.
Luego está la cuestión ambientalista: la mayoría de los paraguas son descartables. No sobreviven un vendaval. Antes, cuando eran de mejor calidad y por ende precio, existían los que los arreglaban. Varillas arqueadas o descosidas, trabas falseadas, todo podía repararse y el propietario gastaba su dinero en mantenerlo útil. Hoy sin embargo, cuesta mucho menos uno nuevo comprado de ocasión bajo la tormenta que arreglar uno viejo. Así es como luego de fuertes lluvias nuestras calles se convierten en una suerte de cementerio de paraguas rotos. Como si le hiciera falta basura suelta a esta ciudad.
Otro factor digno de análisis y repudio es la idiosincracia promedio del usuario de
paraguas. Egoísmo sin fin.
Primer lugar para los que van con el paraguas abierto por debajo
de los balcones y techos indispensables para vos que no tenés más que la
capucha. ¿Si traés paraguas para qué evitás la lluvia? ¡Correte!
Segundo, los petisos con paraguas: las puntas de las varillas le llegan a la
gente de estatura mediana a la altura del ojo. Un día van a dejar tuerto a
alguno. Hagan el esfuerzo y estiren un poco el brazo para arriba, desconsiderados...
Tercero: Paraguas modelo sombrilla. Con punta arriba como si
necesitaran antena. Paró de llover y sus portadores los llevan cerrados en la mano, en
posición horizontal, los bambolean de adelante hacia atrás como si esperaran
clavárselo al que se acerque demasiado. Y en una calle porteña, acercarse
demasiado, sucede.
Otro punto que me genera mucho disgusto con respecto a estos adminículos es la falacia histórica en busca de protagonismo. No
existían (época gloriosa) los paraguas en 1810, según me enseñó mi profesora de
Historia del secundario. Un pintor posterior decidió darles el protagonismo en
un cuadro sobre el Cabildo Abierto y ahí quedaron, como falsos cómplices de la
gesta patriótica.
Hoy no llueve, mejor, así no tengo que dar esta explicación
a cada uno que me ve andando (y a veces cantando) bajo la lluvia y me pregunta escandalizado:"¿Cómo? ¿Con este día y no trajiste paraguas?"
jueves, 31 de octubre de 2013
"¡Ahijuna, que me dió un julepe bárbaro!"
Como es habitual en este mes, al menos desde hace unos años en nuestro país, los kioskos y cotillones comienzan a poblarse de decoraciones, disfraces, y golosinas alusivas a la festividad (importada) de Halloween.
La realidad es tentadora, en Estados Unidos es la segunda fecha en cualnto a recaudaciones comerciales. Se calcula que en ese país se gastan unos seis mil millones de dólares anuales entre decoraciones y golosinas (el costo del odontólogo calculo que va aparte).
Así que mientras muchos por estas tierras tratan, con algo más de modestia, de hacerse "el octubre" ofreciendo a la venta todo lo referente al tema, en forma paralela, sobre todo a través de las redes sociales, aparecen los detractores: personajes escandalizados que reclaman que la fiesta es extranjera, como si le dieran tanta importancia al Día de la tradición.
Así, se espantan de que nuestros gurises se disfracen de vampiros, brujas y fantasmas, y derraman letras y lágrimas quejándose de la colonización cultural, mientras mandan a sus hijos a escuelas en las que se enseña inglés y no guaraní, porque les va a servir más para el futuro.
Se reclama la "latinoamericanidad" como si fuese alguna clase de garantía de pureza, o de tradición absolutamente propia, pero no dicen nada a la hora de sentarse el 24 de diciembre a abrir regalos, costumbre ciertamente indígena, claro. Bien de nuestra tierra.
En Bolivia se festeja con enorme adhesión la fecha que sería una suerte de equivalente al Halloween, el Día de los Muertos (1 de noviembre), festividad de origen católico, no indígena, para la cual la gente que vive en las ciudades vuelve a su pueblo natal y, literalmente, se instala en el cementerio para compartir esos días con sus seres queridos ya fallecidos, a quienes les llevan ofrendas y regalos.
En Brasil también ese día es feriado. Téngalo en cuenta si usted es un argentino abrazador de las festividades latinoamericanas que debe viajar a esos países en esa fecha: nadie le va a prestar atención, los shoppings y lugares públicos están cerrados, así de importante es el festejo. Y seguramente usted no se percate antes de llegar allá y verlo con sus propios ojos, porque por acá, por Buenos Aires al menos, no hay ni noticias de semejante efeméride.
Las matrículas de las academias de danza de la Argentina estallan de interesados en anotarse para aprender a bailar gato, chamamé y chacarera, seguramente. Y ni hablar de las peñas, claro. Lo supongo teniendo en cuenta la cantidad de posteos en las redes sociales reclamando lo que Pinti llamó en su momento el fanatismo telúrico.
Confieso haber festejado Halloween varias veces, incluso antes de que se pusiera de moda a nivel comercial. La última vez fue hace unos años, para los amiguitos de mi hija. No me genera absolutamente ninguna culpa, ni contradicción, después de todo el Papá Noel que todos celebramos como si fuera autóctono viene de tradiciones europeas, y para colmo la imagen de viejito rubio y chachetón que tenemos de él la inventó ni más ni menos que Coca Cola.
Escandalizarse ante este "festejo" que, seamos realistas, en nuestro país no es más que una excusa para que los chicos se disfracen y compren golosinas, ya que la base real, pagana, celta del asunto está absolutamente ignorada, es negar que la cultura es un ente vivo.
Hablar de "colonización" en una época tan globalizada como la nuestra es anacrónico. En todo caso preguntémonos por qué nadie reacciona tan apasionadamente ante los festejos de San Patricio. Será que si hay cerveza de por medio no es tan grave.
En Estados Unidos, la enorme comunidad latina está imponiendo la tradición de la "quinceañera". Supongo que habrá americanistas recalcitrantes que se preocupan por que esta fiesta acabe por eliminar la propia, que incluso ocurre un año más tarde en la vida de las chicas, los "sweet sixteen". O tal vez no.
Los árabes dejaron su influencia tras ocho siglos en España, los romanos "tomaron prestada" la religión griega, Marco Polo importó los fideos a Italia, y hasta el gatito que saluda en los supermercados chinos es de origen japonés.
La cultura es como el ser humano: vive, se nutre, toma y deja. No hay que asustarse por eso.
Así que feliz Jalogüin, canejo!
Kiosko de festejo (foto ©Marcelo Metayer)
La realidad es tentadora, en Estados Unidos es la segunda fecha en cualnto a recaudaciones comerciales. Se calcula que en ese país se gastan unos seis mil millones de dólares anuales entre decoraciones y golosinas (el costo del odontólogo calculo que va aparte).
Así que mientras muchos por estas tierras tratan, con algo más de modestia, de hacerse "el octubre" ofreciendo a la venta todo lo referente al tema, en forma paralela, sobre todo a través de las redes sociales, aparecen los detractores: personajes escandalizados que reclaman que la fiesta es extranjera, como si le dieran tanta importancia al Día de la tradición.
Así, se espantan de que nuestros gurises se disfracen de vampiros, brujas y fantasmas, y derraman letras y lágrimas quejándose de la colonización cultural, mientras mandan a sus hijos a escuelas en las que se enseña inglés y no guaraní, porque les va a servir más para el futuro.
Foto "de protesta" publicada en Facebook
Se reclama la "latinoamericanidad" como si fuese alguna clase de garantía de pureza, o de tradición absolutamente propia, pero no dicen nada a la hora de sentarse el 24 de diciembre a abrir regalos, costumbre ciertamente indígena, claro. Bien de nuestra tierra.
En Bolivia se festeja con enorme adhesión la fecha que sería una suerte de equivalente al Halloween, el Día de los Muertos (1 de noviembre), festividad de origen católico, no indígena, para la cual la gente que vive en las ciudades vuelve a su pueblo natal y, literalmente, se instala en el cementerio para compartir esos días con sus seres queridos ya fallecidos, a quienes les llevan ofrendas y regalos.
En Brasil también ese día es feriado. Téngalo en cuenta si usted es un argentino abrazador de las festividades latinoamericanas que debe viajar a esos países en esa fecha: nadie le va a prestar atención, los shoppings y lugares públicos están cerrados, así de importante es el festejo. Y seguramente usted no se percate antes de llegar allá y verlo con sus propios ojos, porque por acá, por Buenos Aires al menos, no hay ni noticias de semejante efeméride.
Las matrículas de las academias de danza de la Argentina estallan de interesados en anotarse para aprender a bailar gato, chamamé y chacarera, seguramente. Y ni hablar de las peñas, claro. Lo supongo teniendo en cuenta la cantidad de posteos en las redes sociales reclamando lo que Pinti llamó en su momento el fanatismo telúrico.
Chiste alusivo que puede verse circulando en Facebook
Confieso haber festejado Halloween varias veces, incluso antes de que se pusiera de moda a nivel comercial. La última vez fue hace unos años, para los amiguitos de mi hija. No me genera absolutamente ninguna culpa, ni contradicción, después de todo el Papá Noel que todos celebramos como si fuera autóctono viene de tradiciones europeas, y para colmo la imagen de viejito rubio y chachetón que tenemos de él la inventó ni más ni menos que Coca Cola.
Escenografía casera para la fiesta de los chicos
Escandalizarse ante este "festejo" que, seamos realistas, en nuestro país no es más que una excusa para que los chicos se disfracen y compren golosinas, ya que la base real, pagana, celta del asunto está absolutamente ignorada, es negar que la cultura es un ente vivo.
Hablar de "colonización" en una época tan globalizada como la nuestra es anacrónico. En todo caso preguntémonos por qué nadie reacciona tan apasionadamente ante los festejos de San Patricio. Será que si hay cerveza de por medio no es tan grave.
En Estados Unidos, la enorme comunidad latina está imponiendo la tradición de la "quinceañera". Supongo que habrá americanistas recalcitrantes que se preocupan por que esta fiesta acabe por eliminar la propia, que incluso ocurre un año más tarde en la vida de las chicas, los "sweet sixteen". O tal vez no.
Los árabes dejaron su influencia tras ocho siglos en España, los romanos "tomaron prestada" la religión griega, Marco Polo importó los fideos a Italia, y hasta el gatito que saluda en los supermercados chinos es de origen japonés.
La cultura es como el ser humano: vive, se nutre, toma y deja. No hay que asustarse por eso.
Así que feliz Jalogüin, canejo!
"Apropiación" cultural y negocio
miércoles, 16 de octubre de 2013
Listas
Tengo una particular afición por hacer listas. De todo. Pero cuando lo pienso bien, creo que todas las personas, en mayor o menor medida, hacemos listas, ya sea mentales o escritas.
Probablemente todo empiece en la escuela, con la lista de útiles, la primera de todas. Orgullosos llevamos ese papel a casa, y vemos cómo mamá se esmera por que no falte nada, qué va a decir la maestra sino.
Con el tiempo mamá se va ocupando de otras cosas y nos queda a nosotros la responsabilidad de cumplir con lo solicitado, o de inventar una buena excusa para justificar que no nos acordamos de comprar el mapa número tres con división política de Europa que había pedido la profesora quince días antes.
Yo era muy, pero muy fanática de hacer las listas de invitados de las fiestas que organizábamos con mis amigas del colegio. Por aquellas épocas, todavía se usaban los "asaltos", o bailes en las casas de amigos, así que había muchas listas por hacer. La lista de las cosas que había que comprar, de la música que íbamos a pasar, y cualquier otra que se nos ocurriera.
El tiempo dio lugar a otras listas: libros que leer, películas para ver, autores que investigar, materias que estudiar, idiomas que me gustaría estudiar, cualquier cosa que sonara interesante iba a parar a una lista. Iba, y va. Este post también perteneció antes de desarrollarse a una lista de "ideas para posts".
Pero no todas las listas son equivalentes. Hay dos grandes divisiones. Están las "prácticas": listas sobre compras que hacer, o las cosas que llevar en la valija antes de un viaje, o deudas a pagar. Hasta la ilusionada lista de nombres para el bebé en camino puede situarse en esta categoría.
Sin embargo también están las otras, las peores, las que implican cosas para hacer en un nivel más profundo. Pendientes.
Una clásica es la de las cosas que "hay que hacer" antes de morirse. No me gusta esa forma de encarar las cosas, y además qué malo llegar a tu último día con pendientes ridículos como saltar de un puente en elástico.
Hay libros enteros que son listas encubiertas: "Las 1001 películas que debés ver antes de morirte", o "Los 1001 discos que debés escuchar antes de morirte". Lo peor de esos libros es que tanto la industria musical como la editorial siguieron adelante después de que se publicaron, así que probablemente esos "1001" sean bastante más a esta altura.
Las listas reflejan lo que deseamos pero vamos postergando, con esa indescriptible satisfacción de, una vez cada tanto, ir tachando un ítem de alguna, y sentir que hemos logrado algo. Pero también tienen su lado oscuro: la frustración de no cumplir todo lo que en ellas hemos escrito.
Algunas postergaciones van tan lejos que quedan en eso, una lista. A veces hasta con un tinte tragicómico. Como la lista de invitados a una fiesta de casamiento que nunca fue, y que ya nunca será, porque se acabó el amor antes de concretarse el evento.
Se acerca fin de año, otro gran momento de listas. Empiezan los balances por todos lados, como en televisión, donde se ocupan largas horas de aire recordando lo que pasó en el año; en los trabajos, en las familias. Las listas de regalos navideños.
Y viene la otra lista, la tremenda, la de las "New Year's Resolutions" como indica la costumbre anglosajona. Las cosas que vamos a hacer en el año que empieza. Muchas veces las mismas del año anterior que no cumplimos, tal vez aggiornadas.
"Empezar el gimnasio", "Bajar de peso", "Dejar de (vicio que corresponda)", y otras cosas, que a veces se cumplen, y las más, quedan en lista hasta el año siguiente.
Lo dije al principio, soy particularmente fanática de hacer listas. Pero lo que más me gusta es cuando la vida se encarga de encontrar caminos que no fueron escritos en ningún papel y me sorprende. Y tal vez no tenga dónde tildar lo que me está pasando. Pero me pasa, y eso me recuerda que estoy viva, y sigo, y ando, y cambio, y encuentro cosas, gente, que jamás se me habría ocurrido enlistar.
Probablemente todo empiece en la escuela, con la lista de útiles, la primera de todas. Orgullosos llevamos ese papel a casa, y vemos cómo mamá se esmera por que no falte nada, qué va a decir la maestra sino.
Con el tiempo mamá se va ocupando de otras cosas y nos queda a nosotros la responsabilidad de cumplir con lo solicitado, o de inventar una buena excusa para justificar que no nos acordamos de comprar el mapa número tres con división política de Europa que había pedido la profesora quince días antes.
Yo era muy, pero muy fanática de hacer las listas de invitados de las fiestas que organizábamos con mis amigas del colegio. Por aquellas épocas, todavía se usaban los "asaltos", o bailes en las casas de amigos, así que había muchas listas por hacer. La lista de las cosas que había que comprar, de la música que íbamos a pasar, y cualquier otra que se nos ocurriera.
Agenda del secundario, lista de cosas para el campamento
El tiempo dio lugar a otras listas: libros que leer, películas para ver, autores que investigar, materias que estudiar, idiomas que me gustaría estudiar, cualquier cosa que sonara interesante iba a parar a una lista. Iba, y va. Este post también perteneció antes de desarrollarse a una lista de "ideas para posts".
Pero no todas las listas son equivalentes. Hay dos grandes divisiones. Están las "prácticas": listas sobre compras que hacer, o las cosas que llevar en la valija antes de un viaje, o deudas a pagar. Hasta la ilusionada lista de nombres para el bebé en camino puede situarse en esta categoría.
Sin embargo también están las otras, las peores, las que implican cosas para hacer en un nivel más profundo. Pendientes.
Una clásica es la de las cosas que "hay que hacer" antes de morirse. No me gusta esa forma de encarar las cosas, y además qué malo llegar a tu último día con pendientes ridículos como saltar de un puente en elástico.
Hay libros enteros que son listas encubiertas: "Las 1001 películas que debés ver antes de morirte", o "Los 1001 discos que debés escuchar antes de morirte". Lo peor de esos libros es que tanto la industria musical como la editorial siguieron adelante después de que se publicaron, así que probablemente esos "1001" sean bastante más a esta altura.
Las listas reflejan lo que deseamos pero vamos postergando, con esa indescriptible satisfacción de, una vez cada tanto, ir tachando un ítem de alguna, y sentir que hemos logrado algo. Pero también tienen su lado oscuro: la frustración de no cumplir todo lo que en ellas hemos escrito.
Algunas postergaciones van tan lejos que quedan en eso, una lista. A veces hasta con un tinte tragicómico. Como la lista de invitados a una fiesta de casamiento que nunca fue, y que ya nunca será, porque se acabó el amor antes de concretarse el evento.
Se acerca fin de año, otro gran momento de listas. Empiezan los balances por todos lados, como en televisión, donde se ocupan largas horas de aire recordando lo que pasó en el año; en los trabajos, en las familias. Las listas de regalos navideños.
Y viene la otra lista, la tremenda, la de las "New Year's Resolutions" como indica la costumbre anglosajona. Las cosas que vamos a hacer en el año que empieza. Muchas veces las mismas del año anterior que no cumplimos, tal vez aggiornadas.
"Empezar el gimnasio", "Bajar de peso", "Dejar de (vicio que corresponda)", y otras cosas, que a veces se cumplen, y las más, quedan en lista hasta el año siguiente.
Lo dije al principio, soy particularmente fanática de hacer listas. Pero lo que más me gusta es cuando la vida se encarga de encontrar caminos que no fueron escritos en ningún papel y me sorprende. Y tal vez no tenga dónde tildar lo que me está pasando. Pero me pasa, y eso me recuerda que estoy viva, y sigo, y ando, y cambio, y encuentro cosas, gente, que jamás se me habría ocurrido enlistar.
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