domingo, 15 de noviembre de 2015

Campaña del hartazgo

Se habla, y mucho en estos días, de la campaña del miedo.
Los ubico: escribo el 15 de noviembre de 2015. Hace tres semanas se celebró la primera vuelta de las elecciones presidenciales con el resultado parcial de dos candidatos que deberán enfrentarse en el balotaje ya que ninguno alcanzó la mayoría absoluta.


Estas semanas que transcurren entre aquella elección y la segunda vuelta, programada para el 22 de este mes, se convirtieron por ende en tiempo de definiciones para quienes en la primera vuelta habían votado a otros candidatos, a las minorías.
Ante este panorama, la guerra se desató. Los dos partidos mayoritarios salieron a la caza del votante ajeno con la ferocidad y fanatismo de quien encara una guerra religiosa.
En lugar de debatirse propuestas, la estrategia elegida es ensuciar al otro. Amenazar con lo que sucederá si gana el adversario.
Todas cosas horrendas, claro. 


A esta seguidilla de visualizaciones nefastas se le llama la "campaña del miedo".
Sin embargo, yo voy a referirme a otro aspecto, que no es una estrategia sino más bien un efecto, adverso, claro: el hartazgo.
La militancia obsecuente e invasiva a través de llamados telefónicos a quienes no estén registrados en listas para evitar telemarketing (que existe, aunque nadie sabe cómo anotarse), mails ofreciéndote ser voluntario para tal o cual agrupación, mesitas repartidoras de globos y volantes en cuanta esquina se pueda, convocatoria a marchas con consignas de lo más incomprensibles si se tiene en cuenta que hablamos de un futuro presidente de este bendito país ("Amor sí, Macri no") y que remiten con suerte al movimiento hippie. 


A todo eso se suma la febril campaña de personas comunes y corrientes, no militantes habituales, que se hacen eco vaya uno a saber por qué y que dedican sus días a subir fotos, noticias falsas y recordatorios del apocalípsis que se nos está por venir, gane quien gane, en las redes sociales.


Así, abris tu perfil de Facebook para comentar una idiotez o para ver en qué andan tus amigos y te encontrás con montones de posts cruzados en favor de uno o de otro partido. 
Cuántas amistades se perderán debido a esto, no quiero imaginar.
Pero el colmo, y esta vez sí me refiero al oficialismo en particular, es el uso de medios de comunicación para difundir falsedades. Porque una suposición no es NOTICIA, por ende anunciarla como tal es falsedad.
Me preocupan los medios en general, pero lo que no deberíamos tolerar es que se utilicen medios nacionales, estatales, no partidarios (concepto que en nuestro país parece no haberse esclarecido jamás) para tales fines.
El papel de la agencia Télam, o del canal 7, son lamentables.
Y como frutilla del postre, sectores que no comulgan con ninguno de los candidatos haciendo campaña, sí, campaña, por el voto en blanco. Como si se lograra algo con eso.
Tanta lucha lo que consigue es el cansancio del votante, que ya participó de dos comicios (PASO y primera vuelta) y todavía tiene uno más pendiente. 


El acto electoral, más que valorable en una sociedad como la nuestra que perdió esa posibilidad durante tantos años, se ha vuelto rutina. En su connotación negativa. 
Pero lo peor es esta contaminación de la decisión ciudadana con culpas y amenazas de un futuro que puede o no suceder. 
Así, llegaremos todos al 22 hartos. Hartos de escuchar y ver basura volando en todas direcciones. Hartos de que en lugar de propuestas y hasta las nunca cumplidas promesas de campaña se hayan transformado en insultos. Hartos de que quienes no compartan tu opinión te acusen de querer fundir al país. Hartos hasta de lo sano de la política, por extensión.
Esta noche se realizará el debate, el clímax probablemente de esta campaña. Llegamos tan cansados que no sé cuántos lo escucharán con atención.
Lo más seguro es que va a haber quienes levanten cita por cita a las redes sociales, con algún comentario lateral ad hoc.
Hemos desvirtuado todo. Ya no hay ideas, proyectos de país. Justo en éste, al que tanta falta le hacen.
Sólo queda la basura. Sólo el hartazgo.



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