lunes, 16 de noviembre de 2015

Diapositivas

Nací a principios de la década del '70. En 1973 para ser exactos.
No tengo mucha idea de por qué, pero el archivo fotográfico familiar indica que en esa época estaba de moda sacar fotos en formato diapositiva.
Por si alguien muy, muy, joven e inexperto lee esto, aclaro que las diapositivas eran, son, bueno, fotos del tamaño de un negativo de película de 35 mm pero "positivado", o sea, en la que se ven los colores como realmente son y no al revés.
A nivel uso docente o profesional, son las precursoras de las presentaciones en PowerPoint, o su última versión analógica, las filminas.
Para verlas, dado su compacto tamaño, hace falta un proyector, aparato que lanza un haz de luz a través de ellas al tiempo que las ilumina y las proyecta, justamente de ahí su nombre, sobre una superficie clara y despejada, como la pared del living o la pantalla enrollable portátil que se compraba para tales fines.
Otra particularidad es que, dado que son pequeños recortes de película, para manipularlas se las coloca en marcos de plástico, de variados estilos y colores, según la marca.



Hoy en día sería imposible que siguieran en vigencia. No sólo porque las cámaras digitales no soportan el formato, sino por el culto que mirarlas implicaba.
Si para algunas personas ya resulta engorroso compartir un álbum de fotos "físico" (de fotos de papel, no digitales), el caso de la diapositiva implicaría un esfuerzo equiparable a escalar el Everest.
Y sin embargo había algo lindo en verlas, algo así como un ritual. 
Exigía una disposición tipo cine o teatro: todos los asistentes con las sillas, almohadones o lo que más cómodo les resultara, sentados mirando hacia la pared o pantalla en cuestión. En una mesa atrás, el proyector y su proyectorista: el amigo o familiar que traía las fotos para mostrar, o que se ofrecía para pasar las de la casa. 
Los carretes de los proyectores familiares soportaban hasta treinta diapositivas por tanda, por lo que, para que la sesión no perdiera dinamismo, hacía falta comprar unos cuantos y prepararlos de antemano. Era fundamental cargarlos con las diapositivas mirando hacia abajo porque el efecto óptico del proyector, como el ojo humano, las invertía. Y no había nada más molesto que estar sumergido en ese desfile de fotos y que de pronto apareciera una cabeza abajo. 
En los colegios o empresas solía haber proyectores automáticos, que con un control remoto iban pasando las fotos una a una, en lugar de requerir a una persona que las pasara en ese movimiento tipo cortadora de fiambre que ingresaba una foto y luego de que fuera vista y comentada por los asistentes, la sacaba para ingresar la siguiente.



"Comentada" dije. Y es que eso es lo que sucedía, y así se completaba el ritual: todos hablando de esa imagen expandida que teníamos enfrente. Podía ser de un viaje, o, como no quedó otra en mi caso, de fotos familiares viejas.
Aparecés ahí de bebé, y la interjección de ternura de los que la ven es inevitable.
A veces tengo ganas de organizar una merienda de "pasada de diapositivas". 
Será cuestión de preparar el tiempo, el espacio, y la voluntad de los asistentes para tal fin. Y así poder ver esas fotos de cuando eras chiquita, en la plaza, en la Galería Jardín o en la casa de la abuela. Algunas, muy pocas, fueron impresas (se podía hacer eso).
El resto quedaron ahí, en cajas grises, en sus pequeños marcos como ventanas a un pasado que apela a la nostalgia, pero también a cuando había un tiempo para reunirse y charlar de las fotos, de las vivencias, de los recuerdos.
Algo en desuso hoy, epoca de Instagram, en la que todo se termina en el momento en que posteamos la imagen en una red, o a lo sumo nos mandamos las fotos por WhatsApp.

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