A veces compramos cosas que necesitamos, como cuando encontramos en liquidación prendas de vestir, combos de bombachas y medias, o libros, muchos libros.
Hasta ahí todo bien.
El problema son las otras cosas que adquirimos. Las que de algún modo documentan nuestro itinerario. Las que nunca nos hicieron falta pero que queremos llevarnos como recuerdo de nuestro pasaje por aquellas tierras lejanas. Esas que se suelen agrupar bajo el rubro "souvenires".
Adornos típicos, cositas para colgar, en fin, un surtido tan variado como innecesario. Oneroso, pero cómo no vas a llevarte ese cuenco pintado tradicional de este lugar.Tan lindo, tan local. O la espada de Toledo, tan histórica como recién forjada.
O ese sombrero mexicano traído de Cancún, carísimo, precioso, pero incómodo por demás para transportar en el avión (en la valija no cabía así que lo tuviste que subir como equipaje de mano) que acabó como depósito de polvo primero, y luego arrumbado en algún placard porque la verdad es que nunca coincidió con el estilo de decoración de la casa. Pero era tan lindo, y tan típico. Y tan inútil.
El problema básico de toda compra de viajero es el tiempo. O la falta de tiempo en realidad: no tenés momento para la reflexión. Es todo "ahora o nunca". Pasaste delante de la vidriera, o del puesto artesanal y tenés apenas una cuestión de segundos para decidir si te lo llevás o no.
Eso sucede porque no vas a volver a ese lugar. Estás de paso, entonces no es cuestión de volver al hotel, darte una ducha, o dormir y preguntarle a la almohada si vas a necesitar algún día esa quena del altiplano o ese sombrero colla.
No vas a volver a ese lugar jamás. Nunca en tu vida. NUNCA.
Por eso mejor pensá rápido, porque el objeto está a disposición apenas por un rato y si no lo aprovechaste, es decir, compraste, quedará para el próximo turista más despabilado (o no, en realidad, según sea el caso) que le pase delante.
Así llegás de vuelta a tu casa, desarmás el equipaje y te vas preguntando para qué te trajiste esto, o dónde vas a colgar esa chapita comprada en Notting Hill, tan monona ella, pero que no pega ni con cola con el mobiliario de tu cocina.
Te trajiste un cuadrito vintage y tu casa es minimalista. Y bueno, será el momento de pasarse a esa palabra tan amable para los desorientados como uno que es el "eclecticismo".
La cosa no termina con las compras para sí mismo. Los parientes y amigos a veces también viajan, y a veces también se acuerdan de uno.
Con suerte los agarraste con poco dinero para gastos superfluos (el regalito para el pariente es definitivamente un gasto superfluo en el global de un viaje) y te trajeron un imán para la heladera con la insignia del lugar. Y con un poco más de suerte es lindo y todo. Y sino, dejarás que lo cubran los volantes y folletos de delivery.
Con un poco menos de suerte, ya es un objeto que requiere de un espacio físico más comprometido. Un lugar en una repisa, un rincón en medio del living, un fragmento de pared.
Y lo peor es que, tras sucesivas mudanzas, los llevás con vos a todos lados, porque ¿cómo vas a desprenderte del regalito que te trajo la tía Nélida cuando viajó al Himalaya hace treinta años?
Así acabamos por acumular pedazos del mundo que se fabricaron exclusivamente para que la industria turística sume otro rubro de ingresos, pero que cargamos con el valor simbólico de ese momento en el que nosotros, o nuestro querido pariente, estuvimos en persona en aquel sitio tan recóndito del universo.
Un consejo a la hora de traer regalitos: que sean consumibles. Cremas, chocolates, una remera, algún perfume si da el presupuesto, aunque se note que los compraste en el free-shop de apuro. Nadie te lo va a reclamar, todo lo contrario.
Y en cuanto a las compras personales, bueno, les diría que le pongan paños fríos a la situación, que se dediquen a pasear y traigan sólo lo imprescindible. Aunque no sean objetos tan típicos del lugar, ni estén tan cargados de simbolismos varios. Compren sólo esas cosas que les van a durar para siempre, pero no como molestias, sino como placeres.
Libros, por ejemplo.




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